El mundo se ha instalado en la comodidad de lo desechable. Desde los platos, vasos y demás utensilios plásticos que encontramos en cada esquina, en los puestos de la CDMX, hasta los pañales para bebé y las toallitas húmedas. Lo mismo ocurre con la ropa, que compramos a sabiendas de que, si dura un año, será una gran noticia, porque para eso está diseñada.
La comodidad se ha instalado en nuestra vida diaria sin que reparemos en la contaminación que genera. Vaya, ni siquiera nos lo cuestionamos. Tenemos tan automatizado el consumo que rara vez nos preguntamos si existe en el mercado una alternativa menos contaminante.
Pero lo más absurdo ocurre con los electrónicos y electrodomésticos. Comprarlos implica un desembolso importante para las familias. Hacerse de un refrigerador o una lavadora no es asunto menor. Sin embargo, estos aparatos pueden empezar a fallar antes de cumplir un año. Para eso está la garantía. Pero, una vez que vence, repararlos se vuelve todo un reto.
Ya sea que acudas al técnico de la marca o al que te recomendaron, el resultado suele ser el mismo: no hay refacciones para repararlos. Si uno corre con suerte, alguien más habrá desechado un producto similar y podrán rescatar algunas piezas para arreglar el propio.
Uno se pregunta: ¿cómo es posible que sea casi imposible reparar un electrodoméstico? Después de desembolsar una suma importante de dinero, resulta que ni siquiera la propia marca puede proporcionar la pieza que hace falta. El resultado es que estos aparatos terminan en la basura por una o varias piezas que dejaron de funcionar.
¿Quién paga los platos rotos? El consumidor y el planeta.
La Unión Europea decidió entrarle de lleno a este problema y establecer reglas para que los consumidores tengan mayores garantías y acceso a reparaciones. Entre las medidas adoptadas se encuentran la obligación de ofrecer garantías legales de dos años en determinados bienes y disposiciones para facilitar la reparación, incluida la disponibilidad de refacciones en ciertos casos. La intención es clara: alargar la vida útil de los productos y evitar que terminen en la basura antes de tiempo.
Cuidar el planeta no está peleado con el crecimiento económico. Por el contrario, impulsar un mercado de reparaciones permite generar empleos, al tiempo que se reduce la necesidad de extraer nuevas materias primas y fabricar productos para sustituir los que podrían seguir funcionando.
Los europeos ya dieron pasos importantes. Sin embargo, en México falta mucho camino por recorrer. Cuidar la casa común, el planeta, debe ser tarea de todos. Pero, por más que hoy el consumidor quiera hacerlo, muchas veces no tiene cómo. Elegir pensando en el planeta es difícil cuando no existen refacciones, reparar resulta demasiado costoso o el propio fabricante no ofrece alternativas. Las reglas las está imponiendo el mercado, sin que podamos hacer mucho al respecto.
Por eso es indispensable garantizar al consumidor el derecho a reparar. Hoy, en demasiados casos, esa posibilidad simplemente no existe, por más que queramos ejercerla.
Debemos empoderar al consumidor, darle más información al momento de comprar, pero, sobre todo, garantizarle alternativas de consumo más sustentables. Porque no basta con pedirle a la gente que consuma responsablemente si el mercado no le permite hacerlo.




