Durante años pensamos que hablar del clima era hablar únicamente del medio ambiente. Hoy sabemos que también es hablar de empleos, turismo, alimentos, infraestructura y calidad de vida. El fenómeno de El Niño es una de las mejores pruebas de ello.
Cuando las aguas del océano Pacífico se calientan por encima de lo normal, los patrones climáticos cambian en buena parte del planeta. En México eso suele traducirse en temperaturas más altas, sequías prolongadas en algunas regiones y lluvias extraordinarias en otras. Sus efectos no son iguales para todos, pero tarde o temprano terminan alcanzándonos.
Uno de los sectores más vulnerables es el turismo. Las playas con erosión, los incendios forestales en destinos naturales, la escasez de agua, las olas de calor extremas y los fenómenos meteorológicos más intensos pueden reducir la llegada de visitantes y afectar directamente la economía de miles de familias que viven de esta actividad. Basta recordar que el turismo representa una fuente fundamental de empleo para millones de mexicanos.
Pero el impacto va mucho más allá. La agricultura enfrenta pérdidas por falta de agua o lluvias fuera de temporada; los sistemas de salud reciben más pacientes por golpes de calor; aumenta la demanda de energía eléctrica y la infraestructura urbana se pone a prueba frente a inundaciones o temperaturas récord.
La respuesta no puede limitarse a reaccionar cuando la emergencia ya está presente. Necesitamos fortalecer la prevención, invertir en infraestructura resiliente, proteger nuestros ecosistemas y mejorar los sistemas de monitoreo y alerta temprana. Adaptarnos al cambio climático ya no es una opción; es una necesidad para proteger nuestra economía y nuestro bienestar.
México posee una enorme riqueza natural que también es una ventaja competitiva. Cuidarla significa proteger empleos, atraer turismo responsable y garantizar mejores condiciones para las próximas generaciones.
El fenómeno de El Niño nos recuerda que la naturaleza siempre tendrá la última palabra. La diferencia está en si decidimos prepararnos con políticas públicas inteligentes o seguir pagando el costo de la improvisación. Sólo entendiendo que el desarrollo económico y el cuidado del medio ambiente van de la mano podremos construir un país más fuerte, competitivo y resiliente.




