Cada día, millones de personas en la Zona Metropolitana del Valle de México pierden una parte importante de su vida atrapadas en el tráfico. La Encuesta Origen-Destino de la ZMVM (2007) muestra que un trabajador promedio dedica 102 minutos diarios —casi dos horas— únicamente a trasladarse entre su casa y su trabajo. Son más de 8.5 horas a la semana o cerca de 18 días completos al año desperdiciados en el trayecto. Tiempo que deja de invertirse en la familia, el descanso, el estudio o simplemente en vivir.
Moverse por esta ciudad se ha convertido en una carrera de obstáculos. Quienes utilizan el transporte público enfrentan largas esperas, unidades saturadas, retrasos constantes y un Metro que dejó de ser sinónimo de rapidez y certeza. Los transbordos en hora pico siguen siendo caóticos y las inundaciones en las estaciones ya forman parte de la normalidad.
Tampoco el automóvil ofrece una solución. De acuerdo con el TomTom Traffic Index 2025, la Ciudad de México es la ciudad con mayor congestión vehicular del mundo entre las urbes analizadas. Su nivel promedio de congestión alcanza 75.9 %, lo que significa que un recorrido tarda casi el doble de lo que tomaría en condiciones de tránsito fluido. El resultado es conocido por todos: horas perdidas, estrés, contaminación y una calidad de vida cada vez más deteriorada.
Paradójicamente, una parte importante de estos viajes podría realizarse en bicicleta. La propia Encuesta Origen-Destino revela que 14.45 millones de viajes diarios son menores a cinco kilómetros y 7.88 millones tienen una distancia de entre cinco y diez kilómetros. En esos trayectos, la bicicleta es el medio de transporte más rápido.
Sin embargo, la realidad es que la infraestructura ciclista de la Zona Metropolitana del Valle de México sigue siendo insuficiente. Las ciclovías se concentran principalmente en algunas alcaldías de la Ciudad de México, mientras que los municipios conurbados permanecen prácticamente desconectados. No existe una red metropolitana continua que permita desplazarse con seguridad entre municipios y alcaldías.
El resultado es evidente. Aunque millones de viajes podrían realizarse en bicicleta, apenas 720 mil viajes diarios, equivalentes al 2.1 % del total, se hacen utilizando este medio de transporte.
Las razones también son conocidas. La principal es la inseguridad vial. Circular junto a vehículos con mayores límites de velocidad, la falta de respeto hacia los ciclistas y la ausencia de infraestructura protegida convierten cada recorrido en un riesgo. A ello se suma que muchas ciclovías terminan abruptamente o obligan al usuario a incorporarse al tráfico precisamente donde la circulación es más peligrosa.
Durante años se ha hablado de promover una movilidad sustentable, pero los avances siguen siendo insuficientes. Mientras no exista una red ciclista continua, segura y metropolitana, miles de personas seguirán dependiendo del automóvil o de un transporte público cada vez más saturado.
Impulsar el uso de la bicicleta no consiste en pintar algunos kilómetros de ciclovía. Requiere una política pública integral: infraestructura conectada, intermodalidad con el transporte público, biciestacionamientos seguros, mantenimiento permanente y, sobre todo, la aplicación efectiva del Reglamento de Tránsito para garantizar el respeto a quienes utilizan los modos de transporte más vulnerables.
Cada persona que decide trasladarse en bicicleta representa un automóvil menos en las calles, menos emisiones contaminantes, menos ruido y menos tiempo perdido en el tráfico. Apostar por la movilidad ciclista no beneficia únicamente a quienes pedalean; mejora la ciudad para todos.
La pregunta ya no es si vale la pena invertir en infraestructura ciclista. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a seguir perdiendo atrapados en el tráfico cuando, en muchos de esos trayectos, en bici ya hubieras llegado.




