Opinión

Lo virtual es real | El gimnasio digital que entrena agresores

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Violencia digital.En abril de 2025, la plataforma Steam retiró un videojuego que simulaba violaciones e incesto tras la presión pública internacional
(Especial Nación321)

Hay algo profundamente incómodo, y urgente, en reconocer que la violencia no empieza únicamente en el cuerpo, sino en los pensamientos que motivan a causar el daño. En Internet, esos pensamientos se “materializan” a través de códigos en plataformas y comunidades impulsadas por un algoritmo patriarcal.

En abril de 2025, la plataforma Steam retiró un videojuego que simulaba violaciones e incesto tras la presión pública internacional.

No era un rincón oscuro de internet en la escalofriante “deep web”, existía en uno de los mayores escaparates de videojuegos gratuitos del mundo.


Durante días, cualquier persona pudo descargar “No Mercy”, un simulador digital cuya premisa era, literalmente, “convertirse en la peor pesadilla de una mujer”. El juego, descrito por sus propios desarrolladores como un simulador de “sexo no consentido”, permitía a los jugadores encarnar a un agresor sexual con repugnantes escenas de violencia, violación e incesto.

Los dueños de Internet nos han repetido una mentira cómoda a sus intereses: es sólo virtual, se queda en pantalla. Pero lo hemos dicho siempre desde Ley Olimpia: lo virtual es real.

El cerebro no distingue de forma tajante entre una experiencia vivida y una intensamente imaginada. Lo que se repite, se normaliza; lo que se normaliza, se integra.


Por eso no es trivial que existan espacios digitales donde la violencia sexual no solo se representa, sino que se practica simbólicamente. Porque no estamos hablando solo de “juegos”. Estamos hablando de entrenamiento: el entrenamiento de la violación.

En marzo de este año, la cadena CNN ha publicado un reportaje que destapa algo perturbador: la existencia de comunidades globales donde usuarios comparten tácticas, consejos y material para agredir sexualmente a mujeres.

En estos foros, que funcionan bajo la lógica de una “academia de violación”: se intercambian instrucciones para drogar a mujeres, se comparten grabaciones de agresiones sexuales reales, se “evalúan” técnicas para evitar ser descubiertos y se monetiza con contenido de violaciones sexuales transmitidas en directo o en carpetas de almacenamiento.

No son “espacios de fantasía”. Son aulas. Aulas donde se enseña a violar. Aulas donde se legitima odiar a las mujeres. Aulas donde nuestros cuerpos se vuelven objetos de práctica de abusos. Son los nuevos gimnasios de entrenamiento masivo para la violencia digital y material.

Si por si mismo el sitio no fuera repugnante, hay otro dato más vomitivo que cualquier otro: estos espacios no están vacíos. Están repletos de usuarios activos. La investigación reveló que sitios asociados a estas redes recibieron decenas de millones de visitas en un solo mes, alrededor de 62 millones únicamente en el mes de febrero de 2026.

No estamos hablando de “monstruos aislados”. Estamos hablando de hombres usuarios. De hombres que navegan, buscan, hacen clic. Estamos hablando del compañero de trabajo, del vecino, del gerente de la empresa, del amigo con el que te juntas a beber una cerveza el domingo. Todos ellos interactuando digitalmente la pedagogía de la violación. Estamos hablando de los programadores de estos sitios. Donde cada clic es complicidad de las plataformas que lo permiten.

Si videojuegos como el retirado de Steam funcionan como simuladores, estos foros operan como espacios de aprendizaje colectivo. No solo legitiman la violencia: la sistematizan.

La repetición constante de narrativas donde el consentimiento desaparece y el cuerpo de las mujeres se convierte en objeto moldeable produce algo más peligroso que la desensibilización: produce deseo estructurado.

No es casualidad que, la violencia sexual en línea tenga efectos continuos en la vida de las víctimas, incluso después de que el contenido se elimina —si es que se elimina.

Porque lo digital no es efímero. Es persistente, replicable y escalable.

El problema no está únicamente en el contenido, esta en la cultura de la violación.

Reducir este fenómeno a “contenido inapropiado” bajo las políticas de las plataformas es quedarse en la superficie. Lo que está en juego es la cultura digital que ha permitido que la violencia sexual se convierta en entretenimiento, en comunidad y en conocimiento compartido.

Si el cerebro ensaya en la pantalla, y la comunidad valida ese ensayo, el salto al mundo físico deja de ser impensable. No nacimos agresores, nos hacemos agresores, no es <por ser hombre> es por el sistema patriarcal que programa el algoritmo masculino a la violencia.

No estamos frente a una distopía futura. Estamos frente a una continuidad que pasa del deseo en el ordenador, a la acción de violación en el cuerpo análogo.

Porque mientras seguimos llamándolo “solo internet”, hay quienes lo están usando como una perfecta escuela.

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