¿Qué pasaría si las acciones ligadas a la inteligencia artificial sufrieran un ajuste mayor?
Esta pregunta dejó de ser una mera especulación y hoy es un tema de conversación usual en los mercados.
Ian Bremmer, fundador de Eurasia Group, plantea en un documento esta semana que algunos de los mayores inversionistas de fondos soberanos con los que ha conversado esperan una corrección importante.
El motor del ciclo actual, apunta, es la mayor inversión de capital de la historia: el gasto en IA empequeñece incluso al Proyecto Manhattan, a la construcción de los ferrocarriles en Estados Unidos y al auge de internet.
Los ingresos que habría que generar en el corto plazo para satisfacer las expectativas de rentabilidad de los inversionistas son enormes, aun sin considerar que los modelos chinos de IA, de código abierto, son más baratos y bastan para la mayoría de usos.
En semanas recientes, las dudas respecto a las valuaciones de las acciones vinculadas a la IA han sido formuladas por algunos de los principales bancos centrales y -organismos financieros.
El Banco de Inglaterra alertó el 30 de septiembre que estas valuaciones son vulnerables a una corrección más severa que la de julio pasado, con posibles derrames hacia la deuda soberana, y subrayó la existencia de un endeudamiento creciente del sector.
El subgobernador del Banco de Japón, Shinichi Uchida, advirtió también que la IA ha sido un “choque de demanda positivo”, pero que existe el riesgo de corrección si las utilidades no se materializan.
Economistas del Banco Central Europeo calcularon en agosto que una corrección de las tecnológicas estadounidenses es “probable” a la luz de lo que ha sucedido con otras revoluciones tecnológicas.
La calificadora Fitch la considera uno de los dos mayores riesgos crediticios globales. Y el FMI estima que incluso una corrección moderada en estas valuaciones restaría cerca de 0.4 puntos porcentuales al crecimiento mundial.
En fin, las advertencias son muchas y diversas.
¿De dónde podría venir el ajuste? Hay dos rutas que no se excluyen.
La primera es política y regulatoria. Bremmer describe un sector dividido: algunos de los líderes más respetados del sector consideran que ciertos desarrollos de frontera se han vuelto peligrosos y piden la intervención activa de los gobiernos, mientras otros respaldan un enfoque de mínima regulación de Washington.
Las elecciones intermedias de noviembre en Estados Unidos probablemente devolverán a los demócratas la Cámara de Representantes, lo que anticipa investigaciones y mayor escrutinio sobre empresas que ya enfrentan una histórica desconfianza ciudadana.
La segunda ruta es aritmética. Los cinco mayores inversionistas en infraestructura de IA prevén un gasto de capital cercano a 658 mil millones de dólares este año, 77 por ciento más que el previo, según Omdia y Futurum, firmas de análisis tecnológico.
En contraste, los ingresos de las empresas de IA representan menos del 10 por ciento de esa base.
Según estimaciones de consenso, el capex de los grandes hiperescaladores pasará del 41 por ciento de su flujo operativo en 2023 a 92 por ciento este año, por lo que Morgan Stanley prevé emisiones de deuda ligadas a la IA por unos 570 mil millones de dólares, casi el doble que en 2025.
Si los ingresos de las empresas no sufragan las gigantescas inversiones, hay que buscar financiamiento en los mercados, lo que presiona las tasas de interés.
Un pequeño temblor ya se presentó en este mundo tecnológico. A finales de julio, el Nasdaq 100 cayó más de 10 por ciento desde su máximo, arrastrado por los semiconductores, antes de estabilizarse.
La Reserva Federal añade su propia incógnita. Kevin Warsh ve en la IA una fuerza desinflacionaria, pero las minutas más recientes revelan división sobre sus efectos. Si las tasas siguen elevadas más tiempo —uno de los riesgos que el propio Bremmer enumera—, sostener los múltiplos actuales se vuelve más difícil.
Una puntualización: Bremmer no pronostica el fin de la revolución tecnológica. Considera que los beneficios de largo plazo de la IA ya son claros en casi todos los sectores, aunque las ganadoras podrían no ser las empresas que hoy encabezan la carrera. El problema es el trayecto, que luce accidentado.
¿Y México? ¿Cómo pinta en este cuadro?
Nuestro país tiene una doble exposición. La financiera es conocida: una corrección endurecería las condiciones financieras globales y, como advirtió Kristalina Georgieva, del FMI, golpearía en especial a los países en desarrollo, con efectos sobre la cotización del peso y los portafolios de las afores.
Pero hay otra exposición importante. En el primer semestre, según el Censo de Estados Unidos, exportamos 82 mil 900 millones de dólares en servidores, más que en autos y autopartes juntos, con un crecimiento anual de 172 por ciento. Nuestro nuevo motor exportador depende de que el gasto en centros de datos no se detenga.
Si el ajuste llega, por la vía regulatoria o por la de los ingresos, no lo veremos solo en las pantallas bursátiles sino que lo sentiremos también en la línea más dinámica de nuestras exportaciones y, al final de cuentas, en toda nuestra economía.