El día de ayer el peso estaba por la tarde en 17.03 unidades por dólar, su nivel más fuerte desde el 3 de junio de 2024, es decir, desde antes de la elección presidencial.
En lo que va del año acumula una apreciación de 5.4 por ciento y liga tres semanas consecutivas de ganancias.
Cada vez que el tipo de cambio se acerca a una cifra redonda resurge la tentación de leerlo como certificado de fortaleza de la economía mexicana.
Conviene resistirse a esa lectura. La historia del peso en 2026 es, sobre todo, una historia global, y entenderla importa para anticipar lo que puede venir.
El primer hecho a destacar es que no es un caso único. El real brasileño acumula una apreciación cercana a 9 por ciento en el año, casi el doble que el peso, apoyado en términos de intercambio favorables y tasas reales elevadas. El peso chileno, el won coreano y el shekel israelí también figuran entre las divisas más apreciadas. Lo que hay detrás no es una colección de milagros nacionales, sino un solo fenómeno: el mejor momento del llamado ‘carry trade’ en más de tres lustros.
Esa estrategia consiste en endeudarse en monedas con tasas de interés bajas para invertir en las que pagan tasas altas y embolsarse la diferencia, apostando a que el tipo de cambio no borre la ganancia.
Estrategas de Morgan Stanley, Bank of America y Citigroup esperan que el impulso continúe con las políticas de Trump pesando sobre el dólar, especialmente el déficit fiscal creciente.
La otra cara del espejo es el yen, que llegó en julio a 163 unidades por dólar y ayer estaba en 159, su cotización más débil en cuatro décadas, al grado de requerir intervención oficial. El yen es la moneda en la que el mundo se endeuda barato para invertir en pesos, reales o rands sudafricanos. El peso fuerte y el yen débil son las dos caras del mismo negocio.
Un dato adicional lo confirma: la correlación del peso con el llamado “índice dólar” (DXY), que mide al dólar frente a las principales divisas, ronda 0.80 en las últimas sesiones. Dicho de otro modo, el tipo de cambio se mueve al ritmo de las expectativas de tasas en Estados Unidos más que al de cualquier variable mexicana.
Y son justamente esas expectativas las que explican el tramo más reciente. La inflación de Estados Unidos se moderó en julio a 3.4 por ciento anual desde 3.5, con la parte subyacente cediendo, y el mercado laboral de aquel país acumuló señales de enfriamiento en sus reportes más recientes.
Esa combinación de datos desactivó las apuestas a un alza de la Fed en septiembre, debilitó al dólar frente a casi todas las divisas y empujó al peso a sus máximos de dos años.
Reconocido lo anterior, hay tres elementos propios de nuestro país que no pueden ignorarse.
El primero es el diferencial de tasas: Banxico fijó su tasa objetivo en 6.50 por ciento frente a un rango de 3.50 a 3.75 de la Fed, unos 300 puntos base de diferencia, con una inflación local de 3.12 por ciento en julio, la más baja desde mayo de 2020. JP Morgan lo resume en una frase precisa: la visión estructural del peso es constructiva porque ofrece un ‘carry’ atractivo ajustado por volatilidad. No es solo que México pague más; es que paga más con poca turbulencia.
El segundo es comercial. El acuerdo de continuar las negociaciones del T-MEC bajo el marco vigente quitó un elemento de riesgo específico que cargaba el peso. Se descartó un cambio más profundo en la relación comercial con Estados Unidos. El tercero es la posición externa relativamente sólida del país, que casas como Credicorp destacan frente a otros emergentes.
JP Morgan proyecta el dólar en 17.30 pesos hacia diciembre y a lo largo de 2027. Rabobank ve un movimiento lateral entre 17 y 18 unidades en los próximos doce meses, con Banxico sin mover la tasa hasta 2027. La Encuesta Citi del pasado 5 de agosto ubica el cierre de 2026 en una mediana de 17.90. Nótese la trayectoria: ese consenso estaba en 19.00 en diciembre pasado.
Los analistas llevan todo el año ‘corriendo’ detrás del peso, no delante de él.
Los riesgos también están identificados. Uno: que la Fed suba la tasa en septiembre, escenario al que el mercado llegó a asignar más de 60 por ciento de probabilidad antes de los últimos datos de empleo e inflación; el diferencial caería a su menor nivel desde 2015.
Dos: que se caiga el acuerdo en torno al estrecho de Ormuz y regrese la aversión al riesgo. Tres, el menos comentado: el riesgo de un rebote. Según datos de la Commodities Futures Trading Comission (CFTC), el peso es hoy la única divisa en la que los especuladores mantienen apuestas netas a favor frente al dólar. Ser el consenso unánime del mercado es halagador y peligroso a la vez: las apuestas unánimes son las que se deshacen con más violencia, como se vio en 2024 cuando llegamos a 20.70 tras haber llegado a 16.44 en el mes de abril.
El peso en 17 dice menos de México de lo que quisiéramos y más del mundo de lo que solemos aceptar.
Pero, mientras la Fed no se mueva y Medio Oriente no estalle, el peso puede seguir ganando y llegar debajo de 17 en muy poco tiempo.
Pero conviene no confundir esta tendencia global con mérito propio: el día que el mundo cambie de humor, no habrá manera de evitar una caída.