En junio, la cartera de crédito vigente al consumo otorgada por la banca comercial creció 7.6 por ciento real anual, de acuerdo con Banxico. Las tarjetas de crédito avanzaron 8.2 por ciento y el crédito automotriz, 11.6 por ciento.
En contraste, el crédito a las empresas aumentó apenas 1.3 por ciento y el destinado a la vivienda, 1.5 por ciento.
Estas cifras han reavivado un debate que suele presentarse como una disyuntiva, como un dilema: ¿hay un exceso de crédito al consumo o México sigue siendo un país con muy poco financiamiento?
Quienes descartan que haya una burbuja tienen argumentos sólidos. En cifras internacionales comparables, el crédito total al sector privado equivale a alrededor de 35 por ciento del PIB en México, frente a más de 100 por ciento en Chile, cerca de 75 por ciento en Brasil y alrededor de 40 por ciento en Colombia y Perú.
La deuda de los hogares también es baja en términos relativos. Según Moody’s, representó 17.4 por ciento del PIB en 2025, apenas por encima del 16.2 por ciento registrado en 2023.
La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 refuerza ese diagnóstico. Solo 37.3 por ciento de la población de 18 a 70 años tenía algún crédito formal y apenas 15.7 por ciento contaba con una tarjeta bancaria.
De hecho, las tarjetas departamentales o de tiendas de autoservicio alcanzaban a 22.6 por ciento de la población, más que las emitidas por los bancos.
Vista desde ese ángulo, la expansión del crédito representa la incorporación gradual de millones de personas al sistema financiero formal. Banxico, además, considera que el sistema bancario conserva su solidez y no presenta vulnerabilidades relevantes.
Pero los promedios nacionales pueden ocultar lo que ocurre en los segmentos más frágiles.
El índice de morosidad del crédito al consumo llegó en mayo a 3.35 por ciento, el nivel más alto para un mes de mayo desde 2021.
En las tarjetas bancarias, la cartera vencida ascendió en junio a 25 mil 872 millones de pesos y el índice de morosidad se ubicó en 3.73 por ciento.
En las sofipos (Sociedes Financieras Populares) la morosidad de la cartera de consumo alcanzó 9.41 por ciento en abril, un avance de más de dos puntos porcentuales en un año.
Moody’s también advierte que la tasa de castigos de la cartera de consumo —los créditos que las instituciones dan por perdidos— aumentó casi 100 puntos base en tres años y llegó a cerca de 8 por ciento en mayo.
El deterioro no es uniforme. Los índices de morosidad siguen siendo relativamente bajos en algunas carteras garantizadas y son más elevados en los productos no garantizados. La presión se concentra en los hogares con menores márgenes de ingreso y mayor vulnerabilidad laboral.
Lo más delicado es la brecha de velocidades. El crédito al consumo crece 7.6 por ciento real anual, mientras el PIB del primer semestre creció 1.2 por ciento en promedio. La diferencia, por sí sola, no demuestra sobreendeudamiento; combinada con el aumento de la morosidad y de los castigos a la cartera, sí exige atención.
Por eso, el debate no debería plantearse como una elección entre dos diagnósticos opuestos.
México puede tener poco crédito en términos agregados y, al mismo tiempo, demasiado crédito para ciertos hogares.
Los agregados no muestran una burbuja crediticia sistémica. Pero la dinámica sí revela excesos localizados, sobre todo en los préstamos personales y en algunas carteras de consumo de las sofipos, precisamente donde la capacidad de pago es más vulnerable.
La pregunta correcta no es si falta o sobra crédito, sino quién lo recibe, a qué tasa y si tiene capacidad para pagarlo.
El asunto cobrará mayor relevancia en los próximos meses. La tasa de Cetes a 28 días es actualmente de 6.40 por ciento y las condiciones financieras podrían seguir relajándose. Sin embargo, el traslado de menores tasas al crédito al consumo no es inmediato ni automático, y el deterioro de la cartera puede volver más selectivas a las instituciones.
El reto para bancos, intermediarios y autoridades será ampliar el acceso sin confundir inclusión con colocación indiscriminada. Más crédito puede ser positivo para el país; un crédito mal originado puede ser ruinoso para una familia y si se generaliza, puede serlo para una institución.
La frontera entre inclusión financiera y sobreendeudamiento no está en el promedio nacional. Está en la calidad del otorgamiento y en la capacidad de pago.
Hay tarea pendiente todavía para instituciones financieras, reguladores y supervisores.