El tiroteo ocurrido en la zona arqueológica de Teotihuacán no sólo dejó víctimas y una escena inédita de violencia en uno de los sitios más emblemáticos del país, también reactivó un tema que preocupa a la ciudadanía: la presencia, aún marginal pero cada vez más visible, de ataques con componentes ideológicos, de odio o influenciados por fenómenos de radicalización.
El agresor, Julio César Jasso Ramírez, no actuó únicamente bajo un impulso momentáneo. De acuerdo con las primeras investigaciones, al cometer el crimen portaba materiales vinculados a la Masacre de Columbine, referencias a ideologías extremistas y mensajes que, durante el ataque, derivaron en expresiones xenófobas y misóginas contra turistas.
La Fiscalía del Estado de México ha planteado como hipótesis un perfil ‘copycat’: un imitador que replica crímenes ampliamente difundidos.
Este caso —que combinó violencia performativa, símbolos ideológicos y un posible trastorno mental— no es aislado. Aquí en Nación321 te recordamos otros, que lamentablemente han ocurrido de forma reciente:
VIOLENCIA ESCOLAR: SEÑALES PREVIAS
En septiembre de 2025, el nombre de Lex Ashton Cañedo López marcó otro punto de quiebre. El joven de 19 años atacó con un arma blanca a un estudiante dentro del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Sur, provocando la muerte de un menor de 16 años y dejando a un trabajador herido.
Más allá del crimen, el caso expuso patrones similares a los observados en Teotihuacán: el atacante presentaba aislamiento social, actividad en entornos digitales con contenido violento y posibles vínculos con comunidades ‘incel’, donde proliferan discursos misóginos y, en algunos casos, la apología de la violencia.
La defensa del agresor argumentó un “brote psicótico”, mientras especialistas señalaron la falta de detección temprana como un factor crítico. El caso sigue abierto, pero dejó instalada una pregunta de fondo: cómo prevenir que la combinación de salud mental no atendida y radicalización digital escale a violencia extrema.
MICHOACÁN: ARMAS, ADOLESCENCIA Y MUERTE
Meses después, el 24 de marzo de 2026, otro episodio reforzó esa tendencia. En una preparatoria privada de Lázaro Cárdenas, Michoacán, un adolescente de 15 años —identificado como Osmar ‘N’— ingresó armado con un rifle de asalto y asesinó a dos profesoras.
El ataque ocurrió de forma directa, sin negociación ni advertencias prolongadas. Horas antes, el joven había publicado contenido en redes sociales donde aparecía armado, lo que para investigadores apuntó a una posible premeditación y a la influencia de contenidos violentos en línea. En este caso, sus propios compañeros lograron detenerlo.
De nuevo, los elementos se repiten: exposición digital, posibles conflictos personales, acceso a armas y un sistema institucional que no logró anticipar el riesgo. El caso también puso sobre la lupa estos grupos de personas ‘incel’ que habían influido en otro asesinato.
IDEOLOGÍA, ODIO Y VIOLENCIA PERFORMATIVA
El caso de Teotihuacán agrega un componente adicional: el discurso ideológico explícito. Durante el ataque, el agresor lanzó amenazas contra extranjeros y utilizó expresiones de odio, mientras que entre sus pertenencias se hallaron referencias al nazismo y a la cultura “true crime”, donde algunos perpetradores son convertidos en figuras de culto.
Especialistas han advertido sobre la expansión de este tipo de violencia ‘performativa’ o ‘nihilista’, en la que el acto violento no solo busca dañar, sino también comunicar un mensaje, replicar una narrativa o inscribirse en una especie de “tradición” criminal global.
En México, estos casos aún son excepcionales en comparación con otros países, pero su aparición reciente sugeriría un aumento en los patrones de violencia.
UN PROBLEMA MÁS AMPLIO: CRIMENES DE ODIO
Este fenómeno se cruza además con una realidad más estructural. De acuerdo con datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio, en México se han registrado al menos 739 asesinatos y desapariciones de personas de la diversidad sexual entre 2014 y 2025, con un incremento particular en la violencia contra mujeres trans.
Aunque estos crímenes responden a dinámicas distintas —más vinculadas a prejuicios sociales arraigados que a radicalización digital—, comparten un elemento central: el odio como detonante de la violencia.

En este contexto, el gobierno federal ha colocado la salud mental como un eje de atención. El propio caso de Teotihuacán coincidió con la presentación —pospuesta— de un plan nacional en la materia, lo que evidenció la urgencia del tema.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en abordar estos hechos desde una perspectiva integral, que no se limite al castigo, sino que incluya prevención, atención psicológica y fortalecimiento institucional. Sin embargo, los casos recientes muestran que el desafío no es menor.
Entre el ‘copycat’ que replica una masacre de hace décadas, el joven que actúa tras consumir violencia digital y el adolescente que accede a un arma de alto poder, se dibuja un patrón incipiente pero preocupante.
Teotihuacán, símbolo histórico del país, terminó convertido en escenario de una violencia que no responde a las lógicas tradicionales del crimen organizado. Es otra cosa: más difusa, más individual, pero, posiblemente, no por ello menos peligrosa.




