México se ha convertido en la fábrica de las máquinas que hacen posible la inteligencia artificial… pero apenas la usa.
Esa es la paradoja que conviene poner sobre la mesa, ahora que la OMC acaba de difundir algunas cifras.
Johanna Hill, directora general adjunta del organismo, destacó la semana pasada que la participación de México en las exportaciones mundiales de bienes vinculados con la IA pasó de 2.6 por ciento en 2023 a 4.8 por ciento en la primera mitad de 2026, el tercer mayor aumento entre los grandes exportadores.
El auge lo hemos documentado aquí en varias ocasiones, así que basta una síntesis. En el primer semestre del año, las exportaciones de servidores sumaron 82 mil 900 millones de dólares y superaron a las de automóviles y autopartes. Entre enero y agosto, los envíos de equipos y aparatos eléctricos y electrónicos prácticamente se duplicaron frente al mismo lapso de 2025, al pasar de 113 mil 817 a 221 mil 649 millones de dólares. Y México ya es el principal proveedor de equipo de cómputo de Estados Unidos con el 36.8 por ciento de sus importaciones entre enero y julio, según el Departamento de Comercio.
El Banco Mundial, en su Informe sobre el Desarrollo Mundial 2026, coloca a nuestro país como el segundo exportador de bienes para construir sistemas de IA entre las economías en desarrollo, solo detrás de China.
Vale una precisión. No toda computadora o servidor exportado tiene como destino exclusivo la inteligencia artificial; son bienes que también alimentan la nube, las redes empresariales y las telecomunicaciones. Pero la magnitud y la velocidad del salto no dejan lugar a dudas sobre cuál es el motor.
El salto, además, no fue resultado de una estrategia diseñada para capturar la cadena de valor de la IA. Aprovechó capacidades manufactureras acumuladas, el T-MEC, la cercanía con Estados Unidos y la decisión de empresas taiwanesas de producir junto a su principal cliente.
México supo recibir esa ola; otra cosa es conducirla. Y nuestra posición descansa sobre una base todavía delgada.
Estados Unidos recibe 93.9 por ciento de los servidores que exportamos, y estos cruzan la frontera sin pagar el arancel de 25 por ciento que desde enero aplica la Sección 232 a los semiconductores, gracias a una exención para los equipos destinados a centros de datos estadounidenses que está sujeta a revisión, igual que el propio T-MEC.
Vayamos ahora al otro lado de la paradoja.
Mientras el país se consolida como plataforma central para fabricar el hardware de la inteligencia artificial, su economía la adopta con lentitud.
El Banco Mundial advierte que la utilización de la IA en México sigue poco extendida y que, en buena parte del aparato productivo, prevalece más la cautela que el aprovechamiento.
La apuesta no es menor pues el propio organismo multilateral estima que, si se cierran las brechas, esta tecnología permitiría a países como México avanzar en una década lo que de otra forma tomaría un siglo.
Sin embargo, hay avances. La encuesta de Economías Regionales del Banco de México registró que la proporción de empresas de más de 100 trabajadores que usa estas herramientas pasó de 24.3 por ciento en septiembre de 2025 a 48.5 por ciento en junio de 2026.
Pero, se trata de la cúpula del sector formal. En las micro, pequeñas y medianas empresas, donde trabaja la mayoría de los mexicanos, el uso sigue siendo incipiente, limitado por conectividad deficiente, falta de financiamiento para equipos y escasez de habilidades digitales.
El contraste regional es revelador. El norte, justamente donde se fabrican y exportan estos equipos, reporta la menor adopción: 45.8 por ciento, frente a 51.2 por ciento en el centro del país.
Producimos las máquinas “que piensan”, pero todavía las usamos poco para resolver nuestros propios problemas.
La oportunidad no se agota en ensamblar servidores para los centros de datos estadounidenses. La manufactura genera exportaciones, inversión y empleo; no garantiza, por sí sola, diseño, software, propiedad intelectual, proveedores nacionales ni ganancias sostenidas de productividad.
La mejor parte del negocio consiste en que las empresas mexicanas, incluidas las pequeñas, incorporen estas herramientas para producir más, reducir costos, mejorar su logística y competir.
Para ello harán falta electricidad confiable, conectividad, talento, financiamiento y reglas que den certidumbre para invertir y experimentar. También una política que conecte la capacidad manufacturera con universidades, proveedores locales y empresas que puedan convertirse en usuarias y desarrolladoras de esta tecnología.
Ser la fábrica de la IA es una buena noticia, y no era obvio que México lo consiguiera. Quedarnos solo en eso sería conformarnos con ensamblar la inteligencia ajena. El verdadero salto será usarla para producir mejor aquí.