Coordenadas

La clave económica hoy: generar confianza

El empresario mexicano no cree necesariamente que se avecina una catástrofe, pero cree que conviene esperar. Y mientras espera, no invierte.

Ayer, el INEGI —como cada mes— dio a conocer el dato del índice de confianza empresarial. La cifra corre el riesgo de pasar inadvertida. El Indicador Global de Opinión Empresarial de Confianza cayó apenas una décima de punto en mayo, y quedó en 48.2 puntos.

Suma ya 15 meses por debajo del umbral de 50 que separa el optimismo del pesimismo. Una décima no es noticia. Lo que sí debería serlo es la permanencia en el terreno del pesimismo por un año y tres meses.

Hace casi noventa años, el economista inglés John Maynard Keynes escribió que buena parte de las decisiones de inversión no obedecen a un cálculo frío de probabilidades, sino a lo que llamó “espíritus animales”: ese impulso espontáneo a actuar en lugar de quedarse quieto.

Frank Knight, considerado como el fundador de la Escuela de Chicago, ya había distinguido previamente entre el riesgo —lo que puede medirse— y la incertidumbre —lo que no—, conceptos que tienden a confundirse.

Y en 1994, los economistas Dixit y Pindyck, de Princeton y el MIT, respectivamente, fueron más allá. Señalaron que cuando una inversión es irreversible, pero el futuro es incierto, esperar tiene valor. El empresario que puede posponer, pospone. No porque sea pesimista, sino porque la incertidumbre encarece el equivocarse.

Con estas consideraciones como telón de fondo, se puede entender que la confianza, medida por la encuesta del INEGI, no es un accesorio del ciclo económico: es uno de sus motores.

Cuando se contrae, arrastra hacia abajo al gasto y a la inversión, y el pesimismo corre el riesgo de volverse profecía autocumplida.

Si uno desagrega la encuesta del INEGI, aparece un contraste revelador. Los directivos consultados por el Instituto no son catastrofistas sobre el porvenir: el componente sobre la situación económica futura de la empresa se mantiene en 55.8 puntos en manufacturas, y el de la situación futura del país, en 51.4. Ambos por encima del umbral del optimismo de los 50 puntos.

Pero cuando se les pregunta si este es el momento adecuado para invertir, la respuesta se desploma: 32.4 puntos en manufacturas, 30.2 en comercio, 33.4 en servicios y apenas 26.1 en construcción. Esta circunstancia no es coyuntural: llevan 154, 85, 28 y 180 meses consecutivos por debajo del umbral.

No importa que sea una clara contradicción. No se puede ser optimista respecto al futuro y decir que no es buen momento para invertir.

Esa visión de los empresarios se trata casi de una condición estructural de nuestro sistema económico.

Ahí está, exacta, la lección de Dixit y Pindyck. El empresario mexicano no cree necesariamente que se avecina una catástrofe, pero cree que conviene esperar. Y mientras espera, no invierte.

Esa percepción se ha traducido en hechos. La inversión fija bruta acumula 18 meses consecutivos de caídas a tasas anuales; en febrero retrocedió 3.6%, arrastrada por un desplome de 9.1% en la compra de maquinaria y equipo, el rubro donde se juega la capacidad productiva del mañana. La inversión privada cayó 5.0% anual en el mismo mes.

La fotografía es nítida: la economía no se frena por falta de demanda ni por un sistema financiero averiado. Se frena porque quien debe invertir prefiere “ver los toros desde la barrera”.

El freno a la inversión no proviene solo del sector privado. El viernes, la Secretaría de Hacienda reportó una caída de 18.4 por ciento en la inversión pública durante el primer cuatrimestre del año.

El asunto se vuelve estratégico. El Plan México estableció un horizonte de inversión de 5.6 billones de pesos en el sexenio y descansa sobre una premisa que la propia presidenta ha hecho explícita: que la inversión pública “potencie” a la privada, pero pareciera que ninguno de los dos rubros despega.

Se puede argumentar con razón que la inversión extranjera directa marcó un récord en el primer trimestre. El problema es que no tiene el peso suficiente en la economía para generar una tracción que arrastre a la inversión nacional.

Hay factores que han alimentado la incertidumbre y van desde los que provienen del ámbito externo hasta los que derivan del cambio en las reglas del juego en el interior, como la percepción de pérdida de independencia del Poder Judicial.

En resumen, podemos decir que el activo más escaso en la economía mexicana hoy no es el dinero, sino la confianza.

Reactivar la inversión privada no empieza en una hoja de cálculo, sino en convencer al empresario de que este año —y no el que viene— es el momento de apostar y arrancar los proyectos que están a la espera.

Lograr ese giro es, quizá, la tarea económica más urgente y más difícil. Ojalá haya el talento para realizarla.

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