Coordenadas

Las empresas europeas se blindan

El nuevo Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea profundiza la liberalización agroalimentaria —donde el tratado original se quedaba corto—.

Hoy, en Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum y Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, firmarán el Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea (TLCUEM).

La rúbrica cierra un ciclo negociador que arrancó desde 2016, alcanzó un acuerdo de principio en 2018 y permaneció congelado durante años, atorado en el capítulo de compras públicas a nivel subnacional y, sobre todo, en la redefinición del régimen de protección a las inversiones.

La conclusión técnica llegó en enero de este año y el aval unánime de los 27 Estados miembros, hace apenas unos días.

Lo que se firma hoy no es una actualización cosmética del viejo TLCUEM vigente desde el año 2000. El nuevo texto profundiza la liberalización agroalimentaria —donde el tratado original se quedaba corto—, abre la contratación pública federal a proveedores europeos en condiciones recíprocas, además incorpora un capítulo de comercio digital inexistente hace 25 años, refuerza las indicaciones geográficas, eleva estándares ambientales y laborales, y elimina aranceles que en algunos casos alcanzaban el 100 por ciento.

El COMCE calcula que el intercambio bilateral —hoy cercano a los 89 mil millones de dólares— podría crecer hasta 35 por ciento en los próximos cinco años.

Todo eso importa. Pero el corazón estratégico del acuerdo está en otra parte: en el nuevo sistema para resolver controversias en materia de inversión.

Conviene detenerse aquí. El TLCUEM original no contenía mecanismo propio de solución de disputas inversionista-Estado; las empresas europeas litigaban al amparo de los tratados bilaterales de los noventa o recurrían al CIADI, un organismo para resolver controversias del Banco Mundial.

Lo nuevo es un Tribunal de Solución de Controversias de Inversión permanente, con jueces designados por las partes, una instancia de apelación y un procedimiento en dos fases: una consultiva, no contenciosa, y otra propiamente judicial. Más de treinta artículos del Tratado delinean reglas, plazos y obligaciones de transparencia. Sustituye el arbitraje caso por caso por un órgano estable, más cercano al perfil de un tribunal internacional.

¿Por qué importa justo ahora? Porque el contexto interno lo vuelve crítico. La reforma al Poder Judicial —con elección popular de jueces, magistrados y ministros— y los ajustes posteriores a la Ley de Amparo modificaron las expectativas de los inversionistas sobre la certeza jurídica en México.

Calificadoras, cámaras empresariales y el propio Consejo de Empresas Globales —que agrupa a firmas equivalentes al 40 por ciento de la inversión extranjera directa— advirtieron desde el inicio que la independencia judicial es una variable clave en las decisiones de localización de capital. Varios anuncios de inversión, estadounidenses y europeos, quedaron literalmente en pausa.

El nuevo tribunal no resuelve ese problema doméstico. Lo que ofrece es algo distinto, y muy concreto: un foro externo, predecible y vinculante, donde las empresas europeas podrán dirimir disputas con el Estado mexicano sin depender de los tiempos, criterios o composición del Poder Judicial Pederal.

La protección, además, abarca un universo amplio: acciones, bonos, préstamos, concesiones de servicios, contratos de construcción, propiedad intelectual, derechos inmobiliarios, arrendamientos y garantías. Para una farmacéutica alemana, una automotriz francesa, un consorcio español de renovables o un banco italiano que evalúe expandirse en México, eso es una garantía adicional de peso.

No sustituye al Estado de derecho interno, pero genera una opción que puede ser más confiable para los inversionistas. Y, en el margen, puede mover proyectos que hoy están congelados.

La paradoja es elocuente. Justo cuando el debate doméstico cuestiona la independencia judicial, el gobierno firma un tratado que devuelve por la vía internacional parte de las protecciones que el rediseño interno puso en entredicho. Llámesele pragmatismo, llámesele compensación, pero es un elemento positivo. La señal a los mercados europeos llega en buen momento, con un T-MEC bajo presión y una administración Trump cuyo proteccionismo nadie se atreve a descartar.

Ahora bien, la firma del TLCUEM no implica vigencia. El camino para llegar a ésta aún es largo.

El Acuerdo Comercial Provisional podrá entrar en vigor una vez ratificado por el Parlamento Europeo y el Senado mexicano. El pilar político y de cooperación, en cambio, exigirá la ratificación de los 27 parlamentos nacionales europeos, proceso que típicamente lleva entre 18 y 36 meses. Con Chile, un tratado modernizado en 2023, tiene todavía países que no concluyen el trámite.

Para México, lo más relevante ocurre hoy. Diversificar mercados dejó de ser un eslogan: con el T-MEC bajo presión, las cadenas asiáticas en revisión y Washington en modo proteccionista, Europa regresa al centro de la estrategia.

Y esta vez, con un blindaje legal que las empresas tendrán razones para valorar.

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