Ayer los operadores de las principales plazas financieras abrieron sus pantallas con un solo titular dominando todo: el petróleo volvió a dispararse y, casi al mismo tiempo, el dato de inflación más esperado sacudió otra vez a Wall Street.
El Brent, referencia global, cerró la sesión en poco más de 107 dólares por barril, con una ganancia de 3.4 por ciento en una sola jornada. El WTI no se quedó atrás: subió 4.2 por ciento, hasta 102.18 dólares. La mezcla mexicana de exportación se ubicó en 102.13 dólares, muy por arriba de los 54.90 dólares que el presupuesto federal asumió para todo el año en los Criterios Generales de Política Económica.
El detonante fue tan claro como inmediato. Desde el fin de semana, Donald Trump calificó como “totalmente inaceptable” la última respuesta de Irán a la propuesta de alto el fuego, y el lunes endureció el tono: dijo que la tregua estaba “con respiración asistida”. La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero, lleva ya más de diez semanas y, según el propio Amin Nasser, director de Saudi Aramco, el mundo enfrenta el mayor choque energético de su historia: una pérdida cercana a cien millones de barriles cada semana.
El estrecho de Ormuz, ese paso angosto por donde transita cerca del 20 por ciento del petróleo que se consume en el planeta, sigue prácticamente bloqueado. La operación “Project Freedom”, con la que Washington pretendía escoltar buques mercantes, fue abandonada hace unos días. Goldman Sachs, en su encuesta más reciente, anticipa que las disrupciones se extenderán más allá de junio. Hoy nadie habla de otra cosa en las mesas de trading de Nueva York, Londres y Singapur.
A ese ya delicado equilibrio se sumó la noticia que detonó la alarma: el Índice de Precios al Consumidor de Estados Unidos avanzó 0.6 por ciento en abril, llevando la inflación anual a 3.8 por ciento, su mayor nivel desde mayo de 2023 y un salto desde el 3.3 por ciento del mes previo.
El componente energético explica más del 40 por ciento del incremento mensual: subió 3.8 por ciento en abril y acumula un alza anual de 17.9 por ciento. La gasolina se encareció 5.4 por ciento en el mes y 28.4 por ciento en doce meses; el galón promedia ya 4.50 dólares. El salario real en EU, por cierto, retrocedió 0.5 por ciento en abril.
El dato puso a la Reserva Federal en un dilema incómodo.
En su última reunión hubo cuatro votos disidentes, el mayor número desde 1992, y el próximo presidente, Kevin Warsh, ha pedido públicamente recortes. Pero con la inflación en rumbo contrario al objetivo del 2 por ciento, los futuros descuentan ahora cero recortes en lo que resta de 2026; algunos estrategas incluso especulan con que el siguiente movimiento podría ser un alza.
Los bonos del Tesoro reaccionaron con tasas más altas, el dólar se fortaleció frente a las monedas emergentes.
Para México la lectura es ambivalente, como ha sido en todo este periodo. Por el lado de los ingresos petroleros, cada dólar adicional sobre el precio de referencia puede aportar, según calculó el propio secretario de Hacienda, Edgar Amador, alrededor de 13 mil 100 millones de pesos.
Con la mezcla casi al doble del supuesto presupuestal, el bono potencial es enorme. Pero la otra cara es más amarga: el subsidio a la gasolina seguirá creciendo, Pemex continúa siendo cargo neto para las finanzas públicas y la meta de déficit fiscal de 2026 se aleja.
En lo monetario, el panorama se complica. Banxico apenas el 7 de mayo recortó su tasa a 6.50 por ciento y dio por concluido el ciclo iniciado en marzo de 2024. Lo hizo con dos votos en contra y con la inflación general mexicana en 4.45 por ciento. Si la Fed se ve obligada a mantener tasas altas por más tiempo y el petróleo presiona los precios internos, el diferencial con México se estrecha y la presión sobre el peso —hoy en zona de 17.20 unidades por dólar— podría reaparecer. La Junta de Gobierno eventualmente tendría que dirimir en el futuro entre dejar las tasas fijas o aumentarlas.
El mundo energético, en suma, volvió a encenderse; la inflación estadounidense volvió a inquietar; y, una vez más, México está sentado en primera fila.
Nuestra ubicación geográfica y las políticas de contención de precios han impedido que la tensión derivada del conflicto se refleje en los precios de los energéticos. Pero, en el mundo financiero, todos saben que ese esquema no puede ser indefinido.
Las presiones petroleras van a acabar pasándonos la factura tarde o temprano.