Coordenadas

¿Somos el ombligo del mundo?

Mientras muchos siguen actuando como si México fuera el ombligo del mundo, tanto el gobierno como actores políticos y empresariales, el mundo está cambiando sin pedirnos permiso.

Hay momentos en los que un país entero parece mirarse al espejo con tal intensidad que deja de ver lo que ocurre a su alrededor. México vive uno de esos momentos.

La conversación pública gira sobre sí misma: nombramientos, señales, acomodos, alianzas, pugnas internas. Es política que se contempla el ombligo. Y al hacerlo, corre el riesgo de perder de vista el mundo real.

Toda la política es local, suele decirse. Algo de verdad tiene. Pero convertirlo en dogma puede ser un error costoso, porque hay coyunturas en las que lo decisivo no se cocina en la plaza pública propia, sino en escenarios remotos. Hoy vivimos una de esas coyunturas.


Mientras la atención doméstica sigue girando sobre sí misma, la reciente escalada en Medio Oriente —con ataques sobre infraestructura energética en el Golfo y nuevas presiones sobre el estrecho de Ormuz— ha elevado el precio del crudo más de 12 por ciento en tres semanas y ha reabierto el debate sobre una inflación importada que los bancos centrales creían controlada.

El impacto no se queda en la energía. Las tensiones en rutas marítimas clave están elevando los costos de flete, retrasando entregas y obligando a desvíos que presionan presupuestos corporativos. Los precios de los fertilizantes, y por tanto de la comida, se están yendo para arriba. Los mercados financieros, por su parte, han comenzado a recalibrar riesgos: los flujos hacia activos refugio se han intensificado y la volatilidad registró su mayor salto semanal en meses.

Todo esto ocurre en un momento especialmente delicado. La economía mundial ya venía creciendo menos. Europa arrastra debilidad estructural. China no termina de recuperar su dinamismo. Y Estados Unidos —la variable más crítica para México— enfrenta dilemas monetarios crecientes: una Fed que no sabe si apretar más o esperar, mientras los datos de inflación vuelven a sorprender al alza.

El riesgo de fondo es concreto: están regresando las condiciones que en otros episodios han derivado en estanflación. Energía más cara, transporte más costoso, cadenas de suministro más vulnerables, mayor cautela en la inversión y una demanda que se frena.

Para los bancos centrales ese es el peor de los mundos: no pueden bajar tasas sin avivar la inflación, ni subir sin ahogar el crecimiento. Es un escenario que recuerda, con todas sus especificidades, lo ocurrido en los años setenta: cuando el alza en energía se combinó con debilidad productiva y las autoridades monetarias no encontraron una salida sin costos.

Para México y su banco central el dilema es especialmente agudo. Si la inflación importada repunta, el margen para continuar el ciclo de relajamiento monetario se estrecha precisamente cuando la actividad interna da señales de fatiga.

Mantener tasas altas en ese entorno protege al peso y ancla expectativas, pero pesa sobre el crédito y la inversión. Bajarlas puede reactivar la economía, pero expone al tipo de cambio y arriesga desanclar las expectativas inflacionarias. No hay salida sin costo.

México no está fuera de la ecuación global, aunque a veces se comporte como si pudiera vivir al margen de ella.

Nuestra economía depende de los precios globales, de la salud de Estados Unidos, de los costos logísticos, de la confianza de los inversionistas y del humor de los mercados.

Si el conflicto se prolonga, veremos más presión sobre precios, más volatilidad cambiaria y más cautela en decisiones de inversión, particularmente en los sectores exportadores del norte, donde los márgenes ya sienten el alza en insumos y fletes.

El propio discurso del nearshoring, la gran narrativa económica de los últimos años, se vuelve más frágil cuando los costos logísticos suben y la demanda estadounidense pierde impulso.

Por eso el problema no es solo de información, sino de perspectiva.

Una élite política y económica puede pasar semanas discutiendo asuntos internos con enorme intensidad y, aun así, estar leyendo mal la realidad. Puede creer que el eje del mundo pasa por sus propias disputas, cuando las variables que van a definir el año se están moviendo en otros sitios: en el Golfo Pérsico, en las rutas marítimas, en las decisiones de la Fed y en los ajustes de portafolio de los grandes fondos globales.

Hay una ironía en todo esto. Mientras muchos siguen actuando como si México fuera el ombligo del mundo, tanto el gobierno como actores políticos y empresariales, el mundo está cambiando sin pedirnos permiso.

Y quizás el mayor riesgo no sea solo que no estemos mirando hacia afuera, sino que cuando finalmente queramos hacerlo, descubramos que las reglas ya cambiaron y que nosotros seguimos discutiendo como si nada hubiera pasado.

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