Coordenadas

La economía global en el borde la crisis

El FMI lo cuantifica con precisión: cada 10% de aumento sostenido en los precios del petróleo equivale a 0.4 puntos porcentuales adicionales de inflación global y una caída de 0.15 puntos en el crecimiento económico.

El día de ayer, el petróleo Brent llegó a superar los 119 dólares por barril —el nivel más alto desde 2022— para luego retroceder hacia los 111 dólares al cierre de la sesión.

Que algunos interpreten lo ocurrido ayer como una señal tranquilizadora sería un error de lectura. Lo que ocurrió no fue una corrección de tendencia. Fue volatilidad: la expresión de que los inversionistas no saben qué viene a continuación.

Durante años, los mercados aprendieron a convivir con las crisis de Medio Oriente. Cada episodio elevaba el crudo por unos días y luego llegaba algún factor de contención. Esa costumbre creó una peligrosa ilusión: la de creer que la región podía incendiarse sin poner en jaque al sistema económico global.

Los mercados descuentan los riesgos que ya conocen. El problema es cuando aparece uno que excede los parámetros de lo que habían aprendido a procesar.

El punto de quiebre no es el precio en sí. Es que el conflicto ya alcanzó infraestructura energética de primer orden. Un ataque israelí al campo gasero de South Pars en Irán el 18 de marzo desencadenó represalias sobre instalaciones en Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos. Hace un par de días, la refinería Samref, de Arabia Saudita, en la costa del Mar Rojo, fue blanco de un ataque aéreo.

Cuando eso ocurre, el problema deja de ser una prima de riesgo geopolítico y comienza a convertirse en una amenaza real para el comercio, la inflación y las cadenas de suministro.

El FMI lo cuantifica con precisión: cada 10% de aumento sostenido en los precios del petróleo equivale a 0.4 puntos porcentuales adicionales de inflación global y una caída de 0.15 puntos en el crecimiento económico.

El Brent arrancó el año en torno a los 69 dólares. Ayer tocó 119. Eso es un incremento superior al 70% en menos de tres meses. Si esas proporciones se mantienen, el impacto sobre inflación y crecimiento dejaría de ser un ajuste menor para convertirse en un evento macroeconómico de primera magnitud. Y eso suponiendo que los precios no sigan subiendo.

Qatar ofrece la señal más clara del riesgo. No es un actor secundario: es uno de los pilares del mercado mundial de gas natural licuado. Si una fracción relevante de esa oferta queda fuera durante meses, el golpe se trasladará a la petroquímica, los fertilizantes, la generación eléctrica y los costos industriales de buena parte del planeta. Europa, que ya vivió una crisis energética severa tras la invasión rusa a Ucrania, enfrenta hoy una vulnerabilidad renovada. Asia, que depende críticamente del GNL del Golfo Pérsico, también.

Y todo eso ocurre con el estrecho de Ormuz como telón de fondo. Si el flujo continúa en la zona, aunque fuera con sobresaltos, la economía internacional podría seguir operando. Pero si la navegación se complica de manera sostenida —por ataques, restricciones o primas de seguro prohibitivas— el problema saltará del mercado energético al comercio global. Y del comercio, casi inevitablemente, a las finanzas.

Y ya van casi tres semanas de cierre virtual del tráfico.

La metamorfosis de la crisis no toma mucho tiempo. La primera fase ocurre en horas: suben el crudo, los fletes, las coberturas y la volatilidad. La segunda tarda semanas: la resienten las aerolíneas, la industria química, las navieras y las manufacturas intensivas en energía. La tercera, la más peligrosa, llega cuando el shock energético empieza a cambiar las decisiones de bancos centrales, empresas e inversionistas. Es la fase en que los efectos dejan de ser sectoriales y se vuelven sistémicos.

Ahí es donde el panorama se vuelve verdaderamente delicado. Porque el mundo todavía no termina de resolver la herencia inflacionaria de los últimos años. Un nuevo impulso en los precios de la energía, prolongado en el tiempo, pondría a los bancos centrales frente a una disyuntiva crítica: subir tasas para contener la inflación o mantenerlas para no asfixiar una actividad que ya muestra signos de fatiga. Es la peor combinación posible: energía más cara, crecimiento más débil y tasas de interés más altas por más tiempo. Un escenario que los funcionarios prefieren no nombrar, pero que tiene nombre: estanflación.

Analistas de Wood Mackenzie advierten que el Brent podría alcanzar 150 dólares si se prolonga el conflicto. Irán habla de 200. El mercado ya lo anticipa: la brecha entre el Brent y el WTI se ha ampliado de manera notable, lo que revela que el temor está concentrado en el comercio marítimo internacional y en la seguridad del suministro fuera de Estados Unidos. No es solo un problema de precios. Es un problema potencial de disponibilidad y de rutas.

Que el Brent haya cedido ocho dólares desde su pico de hoy no cambia nada de eso. La tendencia no se mide en horas.

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