La economía mexicana tuvo un mejor desempeño que el anticipado durante los últimos meses de 2025. La más reciente encuesta entre analistas del sector privado levantada por el Banco de México proyectaba un crecimiento de 0.9 por ciento para el cuarto trimestre del año pasado; el resultado final fue de 1.6 por ciento.
Las cifras de los trimestres previos impidieron que ese mayor dinamismo se reflejara con mayor fuerza en el dato anual, que el INEGI estima en apenas 0.7 por ciento. Sin embargo, el contraste entre lo ocurrido en el tercer y el cuarto trimestres es demasiado marcado como para pasarlo por alto, pues revela un cambio relevante en la inercia de la actividad económica.
En el periodo julio y septiembre, el Producto Interno Bruto (PIB) registró una contracción anual de -0.2 por ciento, además de una caída trimestral de -0.3 por ciento. En cambio, en el último tramo del año la economía creció 1.6 por ciento en su comparación anual y 0.8 por ciento frente al trimestre inmediato anterior. En pocos meses, el ciclo cambió de signo.
La pregunta relevante no es solo qué explicó ese giro, sino si existen condiciones para que se prolongue durante los primeros meses de 2026, en un entorno internacional mucho más complejo que el observado hace un año.
La industria es una pieza central de la respuesta. En el tercer trimestre había retrocedido a una tasa anual de -2.7 por ciento. En el cuarto, logró un crecimiento de 0.3 por ciento. No se trata aún de una recuperación sólida, pero sí de una ruptura con la tendencia contractiva que había predominado buena parte del año y que había generado preocupación sobre la profundidad del ajuste industrial.
El sector terciario mantuvo su papel como ancla de la actividad económica. Aunque no cayó en ningún trimestre, sí mostró una aceleración clara: su crecimiento anual pasó de 1 por ciento en el tercer trimestre a 2 por ciento en el cuarto. El consumo y los servicios siguieron aportando estabilidad, aunque con señales de mayor heterogeneidad entre ramas, lo que refleja un entorno más selectivo para empresas y hogares.
Uno de los factores más relevantes detrás del mejor desempeño industrial fue el repunte de las exportaciones manufactureras no automotrices, que crecieron a una tasa anual de 27.2 por ciento en el último trimestre de 2025. Este comportamiento no es menor, pues sugiere que México está logrando aprovechar nichos específicos del comercio internacional más allá del sector automotor, en un contexto de reacomodo de cadenas productivas, tensiones comerciales y ventajas arancelarias frente a competidores como China.
Este desempeño exportador parece responder menos a un impulso cíclico global y más a factores estructurales: relocalización de proveedores, integración regional y capacidad de respuesta de ciertos segmentos manufactureros. Es un fenómeno que conviene observar con atención, porque puede convertirse en uno de los principales soportes del crecimiento en 2026.
También destaca el comportamiento de la construcción, particularmente de la construcción residencial, que ayudó a amortiguar la debilidad general del sector. Si bien la obra pública continúa mostrando rezagos, la inversión privada en vivienda comenzó a ofrecer señales de estabilización hacia el cierre del año, lo que tiene implicaciones positivas tanto para el empleo como para la demanda de insumos.
Tras conocerse las cifras del PIB, es previsible que los pronósticos para 2026 se ajusten. Incluso con las estimaciones más bajas que se manejaban previamente, la previsión de crecimiento para este año ronda 1.3 por ciento, claramente por encima del resultado de 2025. No es una tasa elevada, pero sí una mejora relevante considerando el entorno externo y el punto de partida.
Ese entorno, sin embargo, seguirá caracterizándose por una elevada incertidumbre y episodios recurrentes de volatilidad. La política comercial de Estados Unidos, la trayectoria de las tasas de interés y las tensiones geopolíticas seguirán influyendo de manera decisiva sobre las expectativas de inversión y crecimiento.
Por eso, el reto para México no es reducir la incertidumbre global, sino la que depende directamente de nuestras decisiones internas.
Si se logra ofrecer certidumbre jurídica, reglas claras para la inversión y señales económicas consistentes, la mejora observada al cierre de 2025 puede sostenerse.
Si no, será solo una buena nueva que pronto se olvidará.
