La intervención de Estados Unidos en Venezuela puede parecer, a primera vista, un episodio ajeno a la agenda económica de México. No lo es. Todo indica que sus repercusiones se sentirán también en la renegociación del T-MEC que tendrá lugar este año.
En su más reciente listado de riesgos globales, la consultora Eurasia Group introduce una metáfora inquietante: la existencia de un “T-MEC zombi”, un tratado que no está formalmente muerto, pero que ya dejó de cumplir una de sus funciones esenciales: generar certidumbre.
El acuerdo sigue vivo en el sentido operativo. Sus reglas continúan vigentes y permiten que una parte sustancial del comercio entre México, Estados Unidos y Canadá se realice sin aranceles. Pero está muerto en el plano estratégico. Ya no ofrece la previsibilidad que durante tres décadas convirtió a América del Norte en una de las regiones comerciales más integradas y competitivas del mundo. Para las empresas, el problema no es el arancel de hoy, sino la duda sobre las reglas de mañana.
Las propias cláusulas del T-MEC abren la puerta a este escenario. En la revisión prevista para este año, los socios pueden decidir no extender su vigencia más allá de 2036. De ser así, el tratado no desaparecería de inmediato, pero entraría en una fase peculiar: revisiones anuales obligatorias hasta su expiración final. Un acuerdo sometido a revisión permanente deja de ser un ancla y se convierte en una variable política.
Ese esquema le resultaría funcional a Donald Trump. Mantendría el acuerdo lo suficientemente vivo como para evitar una disrupción abrupta del comercio —y un golpe directo a la economía estadounidense—, pero al mismo tiempo introduciría una dosis constante de incertidumbre que le permitiría ejercer presión política y económica continua sobre México y Canadá. El costo de esa estrategia lo pagan, sobre todo, la inversión y la planeación de largo plazo.
En este contexto, lo ocurrido en Venezuela adquiere una relevancia inesperada. Si Trump logra imponer un arreglo político que derive en un “chavismo sin Maduro”, encabezado por figuras como Delcy Rodríguez, y consigue abrir la puerta a una participación más amplia de empresas petroleras estadounidenses en ese país, el mensaje sería claro: la presión dura funciona. Para el presidente estadounidense, sería una validación de su versión contemporánea de la ‘diplomacia de cañoneras’.
Un éxito en Venezuela no se quedaría ahí. Podría traducirse en una mayor disposición a escalar la presión sobre Cuba y, eventualmente, a intervenir en procesos políticos clave en la región, como las elecciones colombianas de mayo, con el objetivo explícito de frenar a la izquierda.
Y ya también declaró, sobre Groenlandia, amenazando incluso con una intervención militar.
En ese escenario, la negociación comercial con México se daría desde una posición de fuerza reforzada, con menos incentivos para hacer concesiones y más para imponer condiciones sector por sector.
Por el contrario, si el experimento venezolano fracasa —ya sea por una reacción social masiva, por fracturas dentro del ejército o por la resistencia de grupos leales al chavismo—, el margen de maniobra de Trump podría reducirse.
Una Venezuela inestable restaría credibilidad a su estrategia de presión y podría limitar su capacidad para trasladar ese enfoque a otros frentes, incluido el comercial.
Para México, el problema no es solo el desenlace venezolano, sino el contexto que se está configurando. El ‘T-MEC zombi’ implica que la amenaza no es un colapso inmediato del comercio, sino algo más sutil y persistente: decisiones de inversión pospuestas, contratos renegociados con cautela extrema y cadenas productivas que operan bajo la sombra de reglas que pueden cambiar año con año.
Diversos análisis de riesgo, como el emitido ayer por Fitch Ratings, han advertido que, en el contexto de la próxima revisión del T-MEC, podría aumentar la presión para incorporar a la agenda comercial temas ajenos al tratado original, como seguridad, migración o combate al narcotráfico. De materializarse, ello añadiría complejidad a una negociación que ya de por sí luce cuesta arriba.
El 2026 ya se perfilaba como un año desafiante para la relación comercial de América del Norte. Pero después de lo ocurrido en Venezuela y de las señales que envía la Casa Blanca, todo apunta a que será todavía más complejo.
La revisión del T-MEC no se dará en un entorno técnico ni predecible, sino en uno marcado por la lógica del poder, donde los incentivos políticos pueden pesar más que los beneficios económicos compartidos.
No se tratará solo de renegociar un tratado, sino de definir hasta dónde está dispuesto México a aceptar que el comercio se convierta en instrumento de presión geopolítica.
En un mundo donde Washington parece convencido de que la fuerza rinde frutos, el reto será preservar la estabilidad sin sentar precedentes que terminen erosionando el margen de maniobra del país. Porque cuando las reglas dejan de ser el marco y se vuelven la moneda de cambio, el costo no siempre se paga de inmediato, pero casi siempre acaba siendo alto.
Como dirían, ni modo: en estos tiempos nos tocó vivir.
