A 20 días del Mundial, decenas de comerciantes recuerdan que durante más de un año, el silencio sustituyó al fuerte rugido del histórico lugar.
Con el cierre del Estadio Azteca —ahora Estadio Banorte o, para la FIFA, Estadio Ciudad de México— por las obras de remodelación rumbo al Mundial de 2026, decenas de comerciantes que durante décadas hicieron su vida alrededor del inmueble, vieron desaparecer, de un día para otro, su principal fuente de ingresos.
Los días de partido dejaron de existir, las ventas se desplomaron y muchos sobrevivieron con ahorros, préstamos, ventas bajas o actividades temporales mientras esperaban la reapertura y el regreso de la multitud.
La promesa parecía sencilla: aguantar el golpe valdría la pena. La Copa del Mundo traería miles de visitantes nacionales y extranjeros, una derrama económica histórica y la posibilidad de recuperar el tiempo perdido.
Para quienes venden tacos, cervezas, banderas, antojitos o artículos deportivos en Santa Úrsula y los alrededores del estadio, el Mundial representaba una especie de recompensa después de meses difíciles. El problema es que, a un año del torneo, no saben si podrán trabajar.
LA INCERTIDUMBRE SE RESPIRA EN LA CALLE
Durante un recorrido realizado por Nación321 en los alrededores del estadio, comerciantes relataron haber recibido mensajes distintos: algunos aseguran que ya les dijeron que no podrán instalarse durante el Mundial; otros afirman que continúan las mesas de diálogo con autoridades y que todavía no hay nada definido. Sin embargo, todos coinciden en algo: nadie les ha explicado claramente qué pasará.
La situación ocurre en medio del proyecto de transformación impulsado por el Gobierno de la Ciudad de México rumbo a la Copa del Mundo.
La administración encabezada por Clara Brugada anunció una “intervención profunda” en el entorno del estadio, con obras de movilidad, recuperación peatonal y reordenamiento del comercio en vía pública. Oficialmente, el objetivo es mejorar accesos y condiciones urbanas; entre los comerciantes, sin embargo, la conversación gira alrededor de otra pregunta: quiénes podrán quedarse y quiénes no.

La contradicción aparece apenas se caminan unas calles. A unos metros del estadio, negocios familiares remodelados, fachadas recién pintadas y puestos renovados conviven con una sensación difícil de ocultar: entusiasmo y preocupación avanzan juntos.
Empresas ayudaron a mejorar algunos establecimientos con pintura, mobiliario, sombrillas y nuevas estructuras; muchos interpretaron esos cambios como una señal de que el Mundial traería beneficios. Hoy, entre tacos, micheladas y souvenirs, la conversación ya no gira únicamente en torno a cuántos extranjeros llegarán, sino a algo más básico: si les permitirán estar ahí para recibirlos.
La esquina de la calle Las Flores refleja esa mezcla de ánimo e incertidumbre. Ahí está el negocio de Luciano, ‘Abarrotes Esmeralda’, ahora cubierto por un enorme mural azul y amarillo que convirtió una fachada común en una postal futbolera.
Mientras observa el movimiento, cuenta que las ventas de cerveza suelen aumentar cuando hay partidos. Y aunque su local es fijo opina sobre el posible retiro del comercio ambulante durante el Mundial.
Asegura que, hasta ahora, nadie les ha dado algo formal: “de momento es nada más de palabra, no tenemos nada seguro; hasta el momento dicen que no va a haber vendimia, esta calle va a estar limpia, no va a haber vendedores, ni carros, ni nada”. Pese al ambiente mundialista, tampoco comparte el entusiasmo que esperaba sentir. “En otros mundiales había más emotividad... ahora lo siento apagadón”, dice.
ANTES

DESPUÉS

LOS QUE SERÁN RETIRADOS Y POSIBLEMENTE NO PODRÁN VENDER
En Las Tropical, Daniela y Brisaida atienden sin parar entre micheladas, alitas y pedidos. Recuerdan que resistieron el cierre del estadio pensando que el Mundial compensaría los años difíciles, pero hoy creen que ni siquiera podrán aprovecharlo. “No va a haber venta de alcohol, ni de otra cosa; lo ideal es que los extranjeros vengan a probar la comida y la michelada, pero no nos van a dejar”, lamentan.
La esperanza, sin embargo, sigue apareciendo entre las calles de Santa Úrsula. Rosaura, de Taquería Los Chinos, está convencida de que los visitantes quedarán encantados con la comida mexicana.

Más reciente es la historia de Fernando, quien hace apenas un año abrió La Mollepitza, un foodtruck que vende molletes estilo pizza. El negocio nació ya en medio de obras y transformaciones, así que desde el inicio tuvo que convivir con calles cerradas y dificultades para que los peatones se acercaran.
Aun así, asegura que él y su equipo estaban emocionados por el Mundial. “Queremos que todos los extranjeros vengan a Mollepitza, porque a todos los mexicanos les han encantado”, cuenta. Pero igual que otros comerciantes, reconoce que nadie ha podido decirles con claridad si podrán operar durante el torneo. Su respuesta, entre resignación y humor, resume el ambiente que se respira alrededor del estadio: “Si no nos dejan, nos quedamos en casa y vemos los partidos”.
La incertidumbre incluso alcanzó a quienes ya fueron reubicados. Nayeli atiende un puesto de tacos y micheladas que hoy luce lleno de clientes, pero explica que antes trabajaban mucho más cerca del estadio. Ahora, dice, fueron movidos como una especie de prueba para medir cómo funcionaría el reordenamiento. “Estamos en eso, a ver si sí nos dan chance o no; estaría perfecto porque de este proyecto tan grande, que nos den algo, tantito, a ganar a nosotros, a dos años sin poder vender…”, explica.
Después llega la petición directa: “Que nos dejen vender, porque la economía no es la misma para todos”. Asegura que los extranjeros amarían sus tacos, gorditas y tostadas; el problema es si podrá ofrecérselos.
Y no todos hablan con la misma tranquilidad. Un comerciante de ropa pidió mantener el anonimato. Dice que la última vez que dio una entrevista fue castigado después de criticar las obras en el estadio.
Ahora prefiere medir cada palabra. Sonríe poco cuando recuerda aquel episodio y evita profundizar. Aunque está convencido de que probablemente no les permitirán vender durante el Mundial, todavía guarda una pequeña esperanza. Quizá por eso, esta vez, decidió callar más de lo que dijo.
Mientras el reloj avanza hacia 2026, alrededor del Estadio Banorte el ánimo cambia según la banqueta que se recorra. Hay fachadas nuevas, murales, puestos remodelados y comerciantes que todavía sonríen al imaginar miles de visitantes caminando por Santa Úrsula. Pero detrás del entusiasmo permanece la misma pregunta que nadie ha respondido del todo: después de esperar durante años la gran fiesta del futbol, a 20 días de que empiece ¿habrá lugar para ellos o los mandarán ‘a la banca’?




