La feria

El temible momento farmaciota de Sheinbaum

Ella quiere vivir su propio momento farmaciota, y contribuir de lleno a la galería de esperpénticas decisiones que de un plumazo empeoran situaciones.

Acorralado por su autoinducido fracaso en el desabasto de medicinas, Andrés Manuel López Obrador recurrió a un ardid grotesco. Anunció que la escasez por él producida y nunca corregida en cinco años, se resolvería con un macroalmacén, para más señas cercano al AIFA, desde donde mágicamente se abastecería toda clínica y hospital.

Se trató de una macabra jugarreta, sin viabilidad desde el día uno a pesar de que pacientes empeoraban o agonizaban a la espera de recibir tratamientos en el sector salud. El cambio del sexenio hizo, para bien, que la presidenta abandonara ese jacalón.

Precisamente porque le toca lidiar cada semana con esos reclamos, cualquiera pensaría que Claudia Sheinbaum tiene en la megafarmacia una de las lecciones sobre lo que no hay que hacer. La semana pasada, sin embargo, tuvimos noticias de que ella quiere vivir su propio momento farmaciota, y contribuir de lleno a la galería de esperpénticas decisiones que de un plumazo empeoran situaciones.


Debo confesar que cuando el escándalo del Instituto Nacional Electoral se convirtió en lo más parecido a un grotesco reality, con videos cada vez más sórdidos donde la corrupción se embadurna profusamente de ordinariez, me cruzó la peregrina idea de que todo podría ser una idea de Palacio Nacional para justificar el retorno del modelo Bartlett: devolver las elecciones a control de Gobernación.

Mi temor parecía un lindo ladrillo para una teoría de la conspiración hasta que el miércoles la presidenta informó que prepara una iniciativa a fin de hacer de los Talleres Gráficos de México un actor esencial de lo que el INE compra o contrata. Ante ello hay que activar las alertas porque Sheinbaum está a punto de intentar su “momento farmaciota”: frente a un problema complejo, lanzar una ideota sacada de la manga.

Los TGM ya participan en los procesos electorales. Así que por ahí no iría el problema. Causa alarma comprobar que eso es lo que ocupa a la mandataria mientras se acumulan los retos que el país tiene frente a sí: el desabasto médico —otra vez—, más el crimen organizado, pasando por la impredecible relación bilateral con EU, y ya no se diga la caída del turismo, Pemex colapsando, falta de electricidad, parques industriales desocupándose, calificación de deuda en riesgo, educación reprobada en PISA, pensiones presionando al punto de cancelar la Modalidad 40 y, finalmente pero no menor, un Estado de derecho que desalienta la inversión.

Pero lo central de este asunto, lo más preocupante, es que ni la presidenta, ni sus asesores, ni nadie en su gabinete dimensione que lo que está haciendo el Poder Ejecutivo es transgredir la vida interna de la última de las instituciones en las que se sostenía el acuerdo social de cómo se reparte el poder a través de las elecciones. Sheinbaum no ha hecho una sugerencia al INE, ha anunciado una burda intervención.

Cambiar la forma en que operarán los Talleres Gráficos de México, como ha adelantado la presidenta, no es una movida inocente ni una sugerencia de, por si al INE se le ofrece ahí tendrá un organismo con consejo consultivo en el que participarían universidades; será una imposición disfrazada de “garantía” de que no habrá corrupción.

Innovar en lo electoral debería ser producto de una exhaustiva conversación nacional, donde el INE convoque a expertos de todo signo. Sacarse de la manga a los Talleres Gráficos “para ayudar” es transgredir la autonomía del INE; y que sobre las rodillas (¿o lo tenían pensado?) se inventen una dizque solución habla pésimo de una presidenta que, se supone, a diferencia de su antecesor piensa antes de decidir.

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