La feria

El regreso de Kraus

Yo sabía que Kraus iba a regresar. No podíamos quedarnos así, con el último correo de ese mismo agosto en el que me reportaba avances y, si su optimismo era fundado, me decía, me invitaría a desayunar.

Yo sabía que Kraus iba a volver. No puedo explicar cómo lo sabía. No fue por algo divino. En cosas de la muerte, un agnóstico es Travolta en la película de Tarantino, pura desorientación; como ese día de agosto de 2025 cuando llegó la noticia de que Arnoldo Kraus había muerto. Pero yo sabía que iba a volver. Usó, para este regreso, dos de sus métodos predilectos: el correo electrónico y un libro.

La semana pasada me llegó un mensaje de parte de Kraus. Cuarto 412, un testimonio, se acaba de publicar, me anunció Kraus a través de su familia. Canijo Kraus, volvió. Yo lo sabía. Un tipo tan a toda madre como él no podía dejar tantas charlas a medias. Tan regresó, que el volumen de editorial Debate incluye una foto de su consultorio, ese espacio medio de chamán medio de orgulloso autor donde lo veía.

Arnoldo Kraus no fue “un” médico. Quien lo conoció lo sabe. Hizo el bien con la medicina, pero fue muchas cosas más (escritor, cómplice de Vicente Rojo, apasionado lector, furibundo defensor de causas justas, vigilante del lenguaje, progresista asqueado de quienes en el poder y en los medios hoy se llaman progresistas... Y al final, y demasiado prematuramente, fue un enfermo). Y regresó para contarlo.

“En escasos días me convertí en de repente. Pasé de mi normalidad a la anormalidad de ser enfermo. Sucedió de repente. Lentamente el mundo, de repente, desapareció”, cuenta en una parte de “Cuarto 412…”. Quien crea que es una crónica lastimera o lastimosa hará cabrear a Kraus. “Los días ya no eran míos. Y yo dejé de ser dueño de ellos. Mi patología me dotó de una mirada diferente. La enfermedad cambia todo. Todo. De repente. De repente me convertí en habitante de las noches. Ahora los amaneceres son distintos”.

En la entrada XXVI de esta novedad editorial (me contó que estaba escribiéndola, pero ¿cómo saber que el tiempo le había alcanzado?), desde la serena conciencia de perder la independencia, de volverse dependiente por el cáncer que le aquejaba, Kraus anota: “La vida es un regalo. No siempre se cavila en ello. Muchas veces, solo cuando la muerte o una enfermedad irreversible y dolorosa toca las puertas, se hace conciencia de sus significados y del paso del tiempo (…) La vida no es corta; el reto es hacer de sus días otra, otras vidas. En ‘El arte de vivir’, título modificado de ‘Sobre la brevedad de la vida’, Séneca escribe: ‘La vida no es corta, la acortamos nosotros. No somos pobres de vida sino derrochadores’”.

Hace no mucho me acordé de Kraus. Estaba en una de las entradas vehiculares del hospital en el que me tenía que hacer una revisión. Se me hizo temprano, así que gastaba tiempo con un café. Los fantásticos autos en que vi llegar a varios médicos eran modelos que, a quererse o no, hermanan abundante dinero súbito con gusto de narco. Un show obsceno. Kraus odiaba ese sistema. “Una mafia”, movía la cabeza.

“A mis pacientes a menudo les hablo de la transferencia. No soy psiquiatra ni psicoterapeuta, pero entiendo bien la idea: la persona indispuesta, cuando habla, requiere saber si sus palabras llegaron a donde debían llegar, esto es, el galeno sentado frente a ella o él. Si esa situación no se da, o en términos más sencillos, si no hay escucha, quien pierde más es el paciente. El doctor pierde menos, pero al no contar con la información ‘completa’ puede orientar mal el estudio de quien le busca. (…) Entre más certezas tenga el enfermo, mayor su posibilidad de sanar. Los profesionales de antaño llamaban ‘tribuna libre’ al intercambio de preguntas y respuestas entre pacientes y galenos. Ese espacio ha desaparecido”, dice Kraus en párrafos que dedica a la deshumanización y mercantilización, de la medicina.

Yo sabía que Kraus iba a regresar. No podíamos quedarnos así, con el último correo de ese mismo agosto en el que me reportaba avances y, si su optimismo era fundado, me decía, me invitaría a desayunar. De aquellos que fuimos sus pacientes, nos queda su vitalidad y optimismo. Y ahora, gracias a “Cuarto 412…”, también una despedida muy krausiana:

“No me voy del todo, les dejo ceniceros, puros pequeños, lápices/ las calles por las que caminamos/ la tienda de las mejores tortas/ nuestro amigo bolero/ el perro de la esquina/ los baches mexicanos/ la obsesión sana por la suerte de los migrantes/ la obsesión supersana, un tanto onírica, sería un regalo divino ser testigo del encarcelamiento de incontables patanes Made in Mexico y miles de veces lo imploro, a pesar de la presencia de Dios para incontables seres humanos. Carpe diem”.

Mañana, a la 1 pm, en el Seminario de Cultura Mexicana (Polanco), Marta Lamas y Rafael Pérez Gay presentan “Cuarto 412…” de Kraus.

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