La feria

Fama y encuestas, la trampa de Morena

Morena decreta una temporada de giras y mítines, en tiempos no legales, para que quienes levanten la mano se den baños de pueblo, se midan en movilizaciones y hagan patente que tienen arraigo.

El que no se mueve no sale en la encuesta. Esa es la maldición en la que Morena se entrampó. Incapaces de crear órganos de decisiones inapelables, herederos de la tradición chapucera del PRD en cada proceso de renovación de dirigencia y no se diga en candidaturas clave, y ya sin López Obrador como árbitro mayor, los obradoristas amarraron su suerte a un mecanismo que incentiva malas artes.

Más que hablar de cómo la selección de candidatos a las gubernaturas ha entrado en una espiral de descalificaciones –antes que amainar, las inconformidades se multiplican y escalan en volumen–, debería repararse en que Morena se metió por decisión propia en el berenjenal de tener que defender resultados que sin ser falsos o adulterados, podrían ser ilegítimos o espurios.

Si el partido dice que lo más importante para hacerse de una candidatura es la fama –que “el pueblo” te ubique, recuerde, nombre y, muy eventualmente, apruebe–, la ruta para cualquier morenista es diáfana: lograr notoriedad; qué importan los medios o los compromisos que se hagan en el camino, si el oráculo será la encuesta, lo demás es lo de menos.

¿Salir en portadas de revistas? Sí, y hasta en anuncios espectaculares que exhiben las portadas no existentes de entrevistas no existentes en revistas no existent… Se trata de un recurso análogo nada nuevo y demasiado visible, demasiado obsceno, pero que entre las corcholatas en 2023 a nadie le costó amonestación y mucho menos descalificación. Así que, vigente, y más en digital.

Siembra encuestas y cosecharás ocurrencias y corrupción. El partido que más presume de ideología, el organismo que ha repartido cartillas morales y que se promueve como una aportación al humanismo, no tiene cuerpos deliberativos, no exige debates entre sus aspirantes ni reclama exposición de motivos, no se arriesga a una confronta de ideas (es un decir), no se asume como tribuna para evaluar méritos.

Todo lo contrario. Morena decreta una temporada de giras y mítines, en tiempos no legales, para que quienes levanten la mano se den baños de pueblo, se midan en movilizaciones y, cuando mucho, hagan patente que tienen arraigo y/o aliados más allá de su barrio o ciudad. Pero de poner en blanco y negro lo que pretenden, y de estar dispuestos a debatir al respecto con otros compañeros, ni hablar.

Si no es con ideas, será entonces con madruguetes. Aparecen decenas y decenas de pintas –herencia del “EsClaudia”– que nadie sabe de dónde surgieron, ni mucho menos quién pagó. Y llueven invitaciones a mesas de “debate” en medios, súbito interés de paleros por hablar con un cuadro morenista; y hasta se da el caso de que te aparezca una jirafa o una caravana de la salud. Fama es fama.

El chiste es el truco. Lo que cuenta es que tus números crezcan, sin importar quién te financia años de precampaña –que es lo que es, salvo que no tiene ese nombre– en búsqueda de que al computar los cuestionarios seas el o la de más arriba. Los compromisos adquiridos son el efecto corruptor. A partir de la campaña honrará inconfesables deudas. Antes hay que ganar la encuesta.

Cuando Morena abra las encuestas (como prometió ante la ola de quejas), lo más seguro es que será un momento anticlimático: habrán ganado esos a los que se alzó la mano. ¿Acabará ahí la crisis? No necesariamente: porque se fijará una ruta donde lo importante es la encuesta, no la propuesta, la fama no el compromiso, el posicionamiento no el movimiento, el más “listo”, no el más honesto... Morena es un reality show. Malón, por cierto.

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