La feria

Feminicidios, un escozor normalizado

La verdad, esa cosa tan huidiza como difícil de reconocer, es que si los mexicanos hicieran justicia para los propios, no enfrentaríamos el embarazoso bochorno de tener que dar hoy nuestro pésame a la familia de una estudiante española muerta en un país feminicista.

La muerte de una estudiante española en Morelos nos causa escozor. Algunas neuronas adormecidas se activan. Esto no pasa, qué grave, qué barbaridad, dice nuestro algoritmo mental, ese que pronto vuelve a entrar en remisión.

A balazos, la muerte de una maestra mexicana en Sinaloa ¿nos causa escozor? Las neuronas siguen el patrón aprendido en dos años de guerra en esa entidad. Eso pasa, es grave, pero es bárbaramente normal, dice nuestro algoritmo y pasa al siguiente video. Clic.

Claudia Tacoronte Aguilera tenía 21 años y participaba en un intercambio académico en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Le arrebataron la vida el sábado en la noche en Cuautla, un infierno desde hace años. Dicen que fue un intento de asalto. Dicen.

Sara Rosalina tenía 31 años. Profesión, maestra de kínder. Este lunes, muy de mañana, afuera de su domicilio en el centro de Escuinapa le dispararon 10 veces con una pistola nueve milímetros. Es el sexto feminicidio en este mes en ese municipio infernal. No dicen por qué.

Con justa razón, es decir, con uso de lo que distingue a humanos de muchos animales, en España hay conmoción por la sinrazón de lo ocurrido a Tacoronte Aguilera. Su universidad, en Granada, exige justicia para esta joven nacida en Gran Canaria. Las redes arden.

¿A quién le duele Sara Rosalina? Miles salieron el domingo a las calles de Culiacán a clamar justicia y reclamar paz. La respuesta de unos criminales fue madrugar para segar la vida de una maestra. Es la sinaloense 16 en morir violentamente en este mes. Más de una al día.

Claudia Tacoronte vino a estudiar y encontró el salvajismo natural de un estado donde la nefanda herencia de ingobernabilidad dejada por Cuauhtémoc Blanco y cómplices en la política federal, y la ineficiencia de la gobernadora Margarita González Saravia se traducen en muerte.

Quién va a explicar a los niños que la maestra Sara Rosalina no volvió porque la mataron. Quizá en el kínder se consuelan al pensar que los inocentes párvulos son todavía muy chiquitos, que no hay necesidad de decirles nada, que la tarea para ellos y para sus padres es olvidar.

El algoritmo de la jerarquía de las noticias dice algo parecido. Que una mexicana muera en Sinaloa es para interiores. ¿Cuántas van? ¿Seis en Escuinapa? ¿Dieciséis en Sinaloa? Dónde la novedad. No es nota. Dedícale un breve. Página 10. ¿A la española? Eso sí es noticia.

La verdad, esa cosa tan huidiza como difícil de reconocer, es que si los mexicanos hicieran justicia para los propios, no enfrentaríamos el embarazoso bochorno de tener que dar hoy nuestro pésame a la familia de una estudiante española muerta en un país feminicista.

Es decir, si cuando en febrero desapareció Kimberly Joselin Ramos, de 18 años, si cuando en marzo raptaron a Karol Toledo, de 18 años, y si cuando en mayo se perdió el rastro de Michelle Itzayana Fuentes, de 15 años, las tres estudiantes de la UAEM y las tres asesinadas, si entonces el escozor hubiera durado un poco más, si el reclamo de justicia no fuera cosa de dar retuit, quizá, y solo quizá, podríamos pensar en que la posibilidad de que se maten mujeres en Morelos en tiempos de la presidenta Claudia Sheinbaum es remota.

Pero no es así en Morelos ni en Sinaloa. Policías que no cuidan, alcaldes que no gobiernan, gobernadoras que no gravitan, presidenta que habla demasiado de estadísticas, y feminicidios que nos sacan de la virtualidad del discurso triunfalista de “hay menos de la mitad de homicidios”. Qué escozor, qué tristeza.

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