La feria

O sea, no entienden

Claudia Sheinbaum llevó a un nuevo nivel la captura de los medios públicos (...) a dos años de esa radicalización, la presidenta parece querer (y necesitar) más control

La mañanera nació para que, desde la jefatura del DF, Andrés Manuel López Obrador arrebatara al presidente Vicente Fox el control de la narrativa. AMLO imponía agenda nacional. Un cuarto de siglo después, su movimiento pretende más que ganar la conversación: monopolizarla, y para ello traspasa fronteras al diseñar un mecanismo censor que resultaría contraproducente.

Luego de triunfar en 2018, Andrés Manuel inició un proceso de control mediático. Hay que advertir varias tácticas de una sola estrategia: concentró en la mañanera la comunicación social, restó o quitó publicidad oficial a medios no aliados y atacó sin cansancio a la prensa crítica, incluidos, y particularmente, periodistas compañeros de viaje de cuando era opositor.

Por su parte, y además de seguir la mañanera, Claudia Sheinbaum llevó a un nuevo nivel la captura de los medios públicos, y se puede argumentar que voceros gubernamentales oficiales (y no me refiero a los que trabajan con ella desde hace años) y oficiosos, aumentaron su estridencia descalificadora. Sin embargo, a dos años de esa radicalización, la presidenta parece querer (y necesitar) más control.

Este gobierno creó otro espacio para dizque desenmascarar mentiras y ahora pretende “lineamientos” que depositarán en cinco subalternos de Claudia (encima, cuatro de ellos de nula experiencia en periodismo y/o defensoría de audiencias) la última palabra, multas incluidas, a la hora de decidir si la radio o la televisión atienden eventuales quejas de la ciudadanía sobre contenidos. Nacerá la policía mediática.

Y, con todo, ni la mañanera, ni una sesión vespertina de cacería de supuestas mentiras, ni el uso discrecional del presupuesto para cebar a paleros y premiar a medios aliados, ni convertir a los canales 11 y 22 en televisión de propaganda (en estos días se promueve un “documental” sobre AMLO –sí, sobre quien “no quería” su nombre en calles, plazas…–) le alcanzan a Claudia para imponer su verdad.

Lo que ocurre es que Sheinbaum está jugando el partido equivocado. López Obrador es un pugilista fajador que se trenzaba con los medios en una pelea en la que él casi siempre ganaba lo que pretendía. Fueron su alter ego, y no tengo duda de que llegó a disfrutar algunos de esos pleitos. Es parte de su carácter y fue su estrategia. Abusó del poder en contra de la prensa, mas parecía consciente de necesitarla.

Con la presidenta no es claro lo que pretende. Busca, qué duda cabe, un gobierno funcional para demostrar que su modelo social puede generar bienestar y, al mismo tiempo, quiere imponer la verdad oficial. No va a lograr ambas cosas sin costos para la primera. Porque la prensa ayuda a que se moderen insanos apetitos de gobernantes, y porque coartar la libertad de expresión pega en la inversión.

Si deja los lineamientos como están, lo esperable es que Sheinbaum imponga similares a la prensa escrita y a las redes. La presidenta no parece advertir que, como decían los priistas, lo que resiste apoya; que la prensa es su aliada para exhibir y contener a sus compañeros de movimiento y a funcionarios mediocres y/o corruptos. Si quiere un buen gobierno, reporteros y analistas le serían funcionales.

Pero, si lo que más ansía es la uniformidad, si lo que pretende es que los medios vivan el acoso de obradoristas azuzados para poner zancadillas recurrentes a los medios críticos, va por el camino adecuado. Con lo cual confirmaría que, a dos años de haber heredado el micrófono, resiente que ni por sus resultados ni por su propaganda logra imponer una narrativa y que, por ello, necesita más control.

Es, insisto, el partido equivocado. La presidenta se obsesiona con medios a los que termina por dar, con sus mañaneras o con inventijos como “los lineamientos”, más importancia. Resiente las coberturas porque no parece dispuesta a aceptar los errores de su antecesor y los suyos (léase los de sus colaboradores, heredados o propios). La prensa no tiene la culpa de la disfuncionalidad del gobierno.

Quizá el problema es hacerse rodear de gente que le dice que Chávez, Correa y Evo fracasaron porque los medios los sabotearon; gente que no entiende que precisamente el chavismo demostró que asfixiar a la prensa es parte del manual del perfecto fracaso populista.

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