El CIDE acaba de perder a un revolucionario y Claudia Sheinbaum a un crítico desde el seno mismo del Estado. A un revolucionario con señalamientos de misoginia, pero eso no es novedad en América Latina. Novedoso es cómo este prócer hablaba del actual gobierno.
José Romero bailó el lunes su último tango en la dirección del Centro de Investigación y Docencia Económicas. Quien entre protestas llegó en 2021, fue echado al nacer 2026. Nunca hay garantías de que las cosas mejoren, pero sin él, el CIDE tiene otra oportunidad.
Hay que reconocerle a Romero su congruencia. Sus últimas horas al frente de ese centro de estudios fueron como las primeras: nunca entendió que no entendía, y menos respetaba, el sentir de una comunidad que el lunes aplaudió, literalmente, la noticia de su caída.
Los lectores podrían, si tienen el morbo para ello, seguir degustando del pensamiento de este revolucionario. En La Jornada sus textos (ayer todavía publicó) son la mar (así se decía antes) de entretenidos.
Sea lo de cada quien, Romero sí sabe poner títulos a sus textos. Una cosa es que esté acusado de plagios, y que luego la emprenda con demandas en contra de una acreditada académica (caso al que me referí aquí en diciembre), y otra es negarle que no le tembló la mano cuando el 22 de octubre pasado tituló su columna así: “El segundo piso y la misión pendiente”.
Reproduzco los párrafos rescatables (es un decir) de esa entrega donde raya el pizarrón a la doctora Sheinbaum:
“El afán de quedar bien con todos los sectores –empresariales, financieros, académicos y mediáticos– ha abierto grietas que los intereses extranjeros aprovechan. En nombre del consenso y del pragmatismo, se empieza a ceder el control de los espacios estratégicos recuperados, y el proyecto corre el riesgo de diluirse en gestión sin rumbo, en discurso sin conflicto, en cambio sin poder.
“Las transformaciones verdaderas no se sostienen en la conciliación. Implican ruptura, confrontación y dirección. Romper con la dependencia, con la mediocridad burocrática y con las élites que parasitan al Estado no es un gesto radical, sino una necesidad histórica. Toda emancipación –de la Independencia a la expropiación petrolera– fue también una batalla contra el miedo y la complacencia.
“El tiempo apremia. No podemos seguir indefinidamente sin decisiones concretas: el sexenio avanza, los problemas se agravan y las oportunidades se agotan. Cada mes sin rumbo consolida las inercias y erosiona el sentido histórico de la transformación. El reto no es conservar el poder, sino usar el poder para transformar.
“Ojalá este gobierno, que nació de una victoria popular excepcional, tenga la claridad y la firmeza necesarias para hacerlo. Porque sólo así la Cuarta Transformación dejará de ser una promesa y se convertirá en un proyecto civilizatorio de creación, productividad y soberanía nacional”.
“El proyecto corre el riesgo de diluirse”, “el afán de quedar bien”, “cada mes sin rumbo consolida las inercias”, “los problemas se agravan”… Cuando alguien se queje de que no hay oposición, preséntenle al doctor Romero, que ahora tendrá más tiempo.
No sé de qué país hablaba el exdirector del CIDE. Quien vea la mañanera recibe actualizaciones de uno muy distinto. Los revolucionarios, es cierto, tienen prisa y no reparan en las calamidades de sus “proyectos civilizatorios”.
Desde el lunes –qué digo el CIDE– México es menos revolucionario. Le queda la flamígera pluma para denunciar los pendientes de Claudia.
Échele don José, hacia atrás ni para tomar vuelo, que la reacción hizo de las suyas, mire que pagar porras al verlo defenestrado. Qué inercias tan zopilotas…
