La feria

El gatopardismo de la sustracción

EU festejó su presa. El movimiento lloró su nacionalismo herido. El gobernador ya piensa en la sucesión. ¿Y la gente? La gente ha visto una guerra, más cruenta que cualquier otra.

La sustracción fue perfecta. El escurridizo capo al fin en poder de Washington. Tras la caída de uno de los más buscados por EU la gran preocupación era sobre lo que ocurriría en el terreno con la ausencia del hombre fuerte.

Luego de conocerse la noticia que se creía imposible, hubo esa calma que todos saben fugaz. Los rumores se superaban unos a otros en un delirio conspiratorio. “No pudo ser tan fácil”, “¿Y su guardia petroriana?”, “¿Cómo conocieron su paradero?”.

La siguiente deriva fue principista. Es una violación a los acuerdos de cooperación, una transgresión a la soberanía; se burlan de los tratados de extradición, del orden mundial; injerencismo puro y duro, yanquis siendo yanquis: abajo el imperialismo...


Oigan, pero es un criminal, respondían otros. Qué alivio que alguien le puso freno, dijo alguien. Años y años de burlarse de la ley, así que “haiga sido como haiga sido”, qué bueno que cayó. Todo va a mejorar, aventuraron otros. Todo va a ser peor, temieron no pocos.

Estados Unidos hizo oídos sordos. Sus fiscales comenzaron a perfilar el caso: irían por los recursos. Creyó que podría escapar al largo brazo de la justicia americana, presumieron, y ya aprendió la lección. Iremos por otros más. Algo habrá que hacer con su país.

En la tierra del delincuente, lo que al correr de los días se fue conociendo del rapto del capo de capos comenzó a hacer un cráter en la política. Por qué murió un diputado adversario del gobernador, por qué éste fue mencionado en la cita donde cayó el narco...

Las dudas se hicieron tóxicas cuando se conoció del montaje de la fiscalía sobre el modo en que fue asesinado el opositor del mandatario estatal. La titular fue renunciada y la oposición creyó que era la gota que derramaría el vaso que sostenía al gobernador. Va a caer, juraban.

Testimonios de la campaña electoral revivieron. En corto, el enfilado a la gubernatura se sinceraba: “No nos hagamos pendejos, fui a pedirles su apoyo; quien te diga que quiere gobernar y no tiene el visto bueno de ellos, miente”*. Ese equilibrio, en todo caso, fue roto a balazos.

Los nacionalistas se dijeron indignados. El espíritu de cuerpo del movimiento se exacerbó. La cooperación fue puesta en pausa porque, declaraban orondos, a nosotros nadie nos va a venir a enseñar cómo detener a quien delinque. Son narcos, pero son nuestros narcos.

El problema es que en ese plural, en “narcos”, había demasiados intereses, incluso varias familias. La rebatinga por el poder, e incluso por la venganza, podría ser algo nunca antes visto, un duelo fratricida, un odio tan encarnado como las complicidades de medio siglo.

En la realpolitik los cálculos parecían otros. Se temía el dantesco desajuste por la traición; ¿aprovechar para hacer limpieza de la villa, no la incendiaría más? Quién puede garantizar no orden, sino menos caos. ¿Y si inventamos el narcogobierno sin el capo?, dijo alguien.

La sustracción e incluso la exhibida del deseado narco por parte de la DEA eran escenas distópicas frente a la realidad política. Si era cierto eso de que nadie puede gobernar sin los narcos, cómo iba a seguir gobernando el que se vio en entredicho por la caída del capo.

Al final, el acuerdo político pareció funcional a las cúpulas.

EU festejó su presa. El movimiento lloró su nacionalismo herido. El gobernador ya piensa en la sucesión. ¿Y la gente? La gente ha visto una guerra, más cruenta que cualquier otra. Pero esto último a quién le importa, sea en Washington, Caracas o Ciudad de México.

*García Soto, agosto 12/24

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