Un análisis publicado por Deloitte en enero recordaba una de las maldiciones de la economía mexicana: su ciclo sexenal. En pocas palabras, en los últimos 30 años, en cada inicio de un gobierno federal, el producto interno bruto paga los platos rotos.
Con Ernesto Zedillo, luego del error de diciembre, el PIB cayó de 4.9% en 1994 a -6.3% en 1995; con Vicente Fox, pasó de 4.9% en el último año de EZP a -0.4%; Felipe Calderón recibió la economía en 4.5% y en 2007 la decreció a 3.2%. Peña Nieto la recibió en 3.6% y sólo alcanzó en 2013 un 1.4%, y finalmente López Obrador pasó de 2.2% en 2018 a -0.2% en 2019. Datos de Deloitte. Obvio, siempre habrá quien diga que hubo efectos externos, no sólo internos, etcétera.
Esto que parece cíclico debe ser tomado en cuenta al evaluar el primer año económico de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien recibió un crecimiento de 1.2% en 2024 (INEGI), y cuya perspectiva para 2025, según Hacienda y hasta julio, es de entre 1.5% y 2.3%, mientras un sondeo de Banxico al sector privado arroja sólo 0.13%.
Claro, al 2025 le restan cuatro meses en los que la incertidumbre del cambio de reglas en la economía mundial, impuesta por Donald Trump desde enero, hace imposible predecir nada. Así que, entre lo cíclico y lo inédito, ¿se puede decir que ahí la lleva CSP en economía?
Viendo el vaso medio lleno, la presidenta llegará el lunes a su primer informe de gobierno con una economía precaria mas resiliente: sobre esto último, por ejemplo: de vez en vez surgen datos como el brinco de 10.2% en inversión extranjera directa en el primer semestre.
El lunes, Enrique Quintana planteaba en su columna de El Financiero la distancia entre el comportamiento de la inversión extranjera y la nacional: “El contraste refleja un choque de visiones. El extranjero observa a México como una pieza estratégica en el tablero global, con fortalezas que superan sus debilidades coyunturales. El mexicano lo observa desde dentro, con las dificultades cotidianas magnificadas y con una confianza limitada en el futuro inmediato”.
Desde el 1 de octubre, la presidencia de Claudia Sheinbaum vive bajo la suspicacia de algunos. Luego de un presidente tan abrasivo con los que pensaban distinto y popular con su millonaria base, la recién llegada tenía que probar demasiadas cosas en los meses inmediatos.
En la cultura de la grilla nacional, lo primero que se ponía en tela de duda sería ese trauma secular: ¿estaría bajo la sombra de un nuevo intento de maximato? Se vive un fenómeno distinto: ella no depende de Palenque, y Claudia quiere que el sexenio anterior “mejore”, mientras corrige algunas de las aberraciones vistas entre 2018-2024.
En ese empeño (v.gr. sacar a rajatabla la deschavetada elección judicial), Sheinbaum gastará energía y desperdiciará oportunidades, pero está lejos de verlo como una imposición o una manda. Y lo mismo se puede adelantar de la reforma electoral. Cree en ello.
Por otra parte, ciertos sectores prefieren aferrarse a lo que quisieran que ella hiciera (quitarse de encima gente que le heredó AMLO, etc.) a intentar entender lo que la presidenta sí está haciendo: cambió el modelo antidelincuencial, ha reestructurado la administración pública, lanzado nuevos programas sociales, nuevos trenes y perfila cierta apertura en el sector energético, incluido el fracking.
Al final de su onceavo mes, Sheinbaum es la jefa de una nación que no enfrenta una crisis económica o social. Goza de respaldo popular y hay sobre ella buena expectativa, dentro y fuera, de que logre el mejor de los acuerdos posibles con Trump.
Quizá el único “pero” está en lo político. “Las dificultades cotidianas magnificadas”, de las que habla Quintana, no se disiparán con grotescos espectáculos como el del miércoles en la Permanente. Y en ello no importa mucho si el que empezó fue Alito o no.
La presidenta necesita que los inversionistas nacionales pierdan la cautela.
El tono amenazante de Adán Augusto López en la sesión accidentada del miércoles, la verborrea irrefrenable de Noroña dentro y fuera del Senado, y que nadie dialogue con la oposición para que eso de “narcopolíticos” no sea la norma, sí puede impactar la marcha de la economía más allá de 2025.
Y ya no será cosa de la maldición cíclica del primer año sexenal.