Hace casi mes y medio se planteó en este espacio la conveniencia de que la consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral, Guadalupe Taddei, considerara apartarse de esa posición. Hoy vale insistir en ello porque se está poniendo en duda la pulcritud y la legitimidad de las elecciones intermedias.
A los argumentos expuestos en aquel Sobreaviso del 18 de septiembre pasado, ahora se agregan otros. La cabeza del órgano encargado de arbitrar el proceso electoral dice que se quiere debilitar al Instituto y, con ello, obtener indebidos dividendos electorales. Así no se ganan las elecciones, afirma la muy cuestionable funcionaria. Sin embargo, incurre en una omisión: si alguien con nombre y apellido debilita, desestabiliza y desprestigia al órgano electoral es ella.
Por ello, vale repetir: más vale tarde que Taddei.
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Si de por sí asombra que, iniciado el proceso electoral, la consejera presidenta del INE se vea obligada a intentar aclarar y transparentar –con verdades a medias y la creación de un micrositio– cómo el Instituto contrata personal, servicios y adquisiciones, pero sobre todo cómo se conduce ella en esos asuntos, más sorprende el modo en que lo hizo.
Singular resultó ese modo de encarar las probables irregularidades en que Guadalupe Taddei incurrió. La funcionaria no mencionó por su nombre al diario Reforma que ha expuesto y documentado las posibles anomalías que la involucran ni aclaró lo señalado por ese rotativo. No aceptó preguntas de la prensa, nomás habló ella y una funcionaria. No se publicó la versión estenográfica de su dicho, sino sólo un boletín. Y, por si algo faltara, el micrositio anunciado –“INE. Siempre a la vista. Contigo en cada paso.”– supuestamente para garantizar transparencia en cuestión, al menos hasta ayer al mediodía no funcionaba. Vaya incongruencia.
Eso no fue todo. En su atropellado y confuso mensaje, Guadalupe Taddei formuló una acusación grave en extremo. Afirmó que se quiere desacreditar y desestabilizar al INE y, pese a la gravedad del señalamiento, no la acompañó ni cobijó el consejo electoral en su conjunto. Sólo la respaldaron con su presencia menos de la mitad, aquellos consejeros que por lo general se alinean a su postura: Arturo Chávez, Blanca Cruz, Norma de la Cruz y Frida Gómez, además del Encargado –sí, encargado– del Despacho de la Secretaría Ejecutiva, Roberto Félix López, y funcionarios de la Junta General Ejecutiva. Tal vacío no se justifica, aduciendo posibles problemas de agenda. La polarización se llevó al interior del Instituto y su Consejo está dividido.
Sí, sí hay motivos para asombrarse, pero sobre todo para inquietarse por el curso que toma el órgano encargado de arbitrar, organizar, fiscalizar las elecciones y garantizar la participación ciudadana.
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El socorrido recurso del complot, no le funcionó a la consejera presidenta del INE.
Guadalupe Taddei no tuvo empacho en utilizar un galimatías por argumento: “Lo que aquí sí no existe es esa imagen que se quiere construir del Instituto, y solicitaré a los partidos políticos, a los grupos de poder, a todos los que participan en esta materia que seamos altamente responsables porque si una nota provoca una tendencia a (sic) desacreditar o querer desestabilizar esta institución, a ellos les decimos: ese no es el camino, así no se ganan las elecciones. Las elecciones se ganan afirmando con la ciudadanía su propuesta, su plan de estado, distrito o nación. Así se ganan. No se ganan intentando debilitar al Instituto Nacional Electoral.”
Sin tener del todo claro lo que la funcionaria quiso decir, varios asuntos son evidentes. La lamentable imagen que hoy tiene el instituto electoral, la ha labrado ella rompiendo la colegialidad del Consejo, concentrado facultades, asumiendo decisiones unilaterales, viendo para otro lado en vez de mirar donde debe e inclinando la cancha, al tiempo de alentar o avalar iniciativas que reponen mañas electorales que parecían superadas y, luego, son desautorizadas.
Del mensaje de Taddei resalta una tontería y una contradicción. La tontería: en la lógica de la consejera presidenta, una nota periodística sobre ella, no sobre el Instituto puede desacreditar o desestabilizar al órgano electoral. Nomás le faltó decir, al más estilo absolutista de Luis XIV: “El Instituto, soy yo.” La reportera Erika Hernández debe estar orgullosa: sus notas son más fuertes que el INE. La contradicción: la funcionaria pide ser responsables a los irresponsables que buscarán obtener dividendos electorales de la situación. Ternurita, han de decir esos factores y actores.
El recurso del complot no sirvió, como tampoco el de la tómbola con que fue designada presidenta del INE. La fortuna beneficio a Guadalupe Taddei; la mala suerte, al Instituto.
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Si bien es natural que los partidos opositores pidan ya la separación de la consejera presidenta del Instituto, de gran valor resultaría que las organizaciones y personalidades que llaman a poner en práctica la observación electoral miraran críticamente cuanto sucede en el instituto y manifestaran su postura ante ello.
Los observadores de la sociedad civil no pueden vigilar sólo lo que el manual marca como las etapas del proceso, sin observar cómo la máxima autoridad del órgano electoral socava la credibilidad del árbitro y, con su conducta, pone en duda la conducción imparcial y honesta del proceso. En la credibilidad del instituto se funda la confianza en las elecciones. Sin ella, lo demás es lo de menos.
Igual o mayor atención debería prestar Morena al asunto porque, a la postre, podría resultar el mayor afectado por la conducta política y moral de quien encabeza el Instituto Electoral.
Por lo visto antes y ahora, cabe repetir: más vale tarde que Taddei.
