Sobreaviso

Juego de engaños

Cada vez es más notorio la distancia entre discurso y práctica política del gobierno y su partido, así como el juego de engaños que ensaya. Ello no revela astucia, sino angustia.

El discurso del gobierno y Morena no da más, no empata con la práctica política. Y la desesperación por dar más peso a la palabra que a la acción ha dado lugar a un juego de engaños. “No mentir, no robar y no traicionar” suena ya a un vago recuerdo.

En ese juego, asombra el pasmo y el silencio de aquellos morenistas convencidos en verdad del proyecto. Al parecer, callan en aras de la supuesta unidad, cuyo crujir es cada vez más sonoro. Sin asumirlo, participan de comparsas o, peor aún, de cómplices de aquellos de sus compañeros que vulneran la unidad de su movimiento y de aquellos otros que exponen la soberanía nacional a cambio de salvar su pellejo.

Quizá, la idea de los mandos del gobierno y el partido sea ensayar ese juego hasta después de las elecciones de Estados Unidos y las de México para calibrar, entonces, si se puede rectificar y compatibilizar el discurso y la práctica. Sin embargo, a veces los engaños caen por su propio peso y complican aún más la situación. Y eso no es hacer política, sino apuestas.

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En los últimos días, los engaños ha ido más allá de lo que el malabarismo permite y la inocencia tolera. Ejemplos sobran.

En el estado cuna del cártel de Sinaloa, donde la población sufre el flagelo de una guerra, la presidenta Sheinbaum declara: “la injerencia provoca violencia”. Sugiere así que la situación prevaleciente en la entidad deriva de la sustracción del capo Ismael “El Mayo” Zambada que culminó con su entrega en Estados Unidos. Pero, un dato cuestiona esa inferencia, abre un interrogante e insinúa una falsedad.

La violencia en Sinaloa no recrudeció en julio, cuando el capo criminal fue sustraído. Se desató en septiembre, poco después de que Zambada divulgara –ya preso en Estados Unidos– que fue traicionado por la otra facción de ese cártel, haciéndolo creer que iba a mediar entre el gobernador Rubén Rocha Moya y el diputado electo Héctor Melesio Cuén Ojeda el diferendo sobre quién debería encabezar la universidad y fue secuestrado por Joaquín Guzmán y llevado a Estados Unidos. ¿El gobernador Rocha fue parte de esa traición?

La frase “la injerencia provoca violencia” suena bien como recurso retórico para inflamar el espíritu soberanista. Sin embargo, la premisa se desvanece cuando –después de un año– las fuerzas federales no han logrado rescatar la soberanía de manos del crimen en esa entidad ni se ha querido esclarecer, aquí, el rol jugado por Rubén Rocha en aquel evento. Pierde fuerza también porque, a la fecha, no se ha informado a carta cabal de la indagatoria supuestamente abierta a ese gobernador y otros implicados sobre el presunto vínculo con el crimen del cual los acusa el gobierno estadounidense.

¿Cuándo se conocerá el estado de esa supuesta investigación por Fiscalía General de la República? ¿Cómo llamar a defender la soberanía, cuando no está claro si en realidad se está defendiendo a posibles socios del crimen? Ahí hay un engaño.

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Si no es un timo, algún lingüista debería traducir el galimatías presidencial pronunciado en relación con el exsecretario de Marina, Rafael Ojeda.

Cuando hace una semana se le preguntó a la mandataria sobre el citatorio desatendido –desde finales de agosto– por ese funcionario para declarar en torno al caso de contrabando de combustible que involucra a su sobrino, el excontralmirante Fernando Farías Laguna, la presidenta Sheinbaum afirmó: “No hay ninguna carpeta de investigación contra el almirante Ojeda. Está llamado a declarar en un juicio y ya determinará él, pues: si declara, no declara, cómo declara; y la Fiscalía y el Poder Judicial cómo atienden este tema. Pero ni está escondido ni se ha negado a declarar, sino sencillamente sigue el procedimiento.” ¿Qué?

En espera de la traducción, llaman la atención tres cosas. En la lógica presidencial, atender un citatorio de la autoridad es una cuestión opcional. En la lógica de la fiscalía, sin estar desaparecido ni escondido, es imposible localizar al exsecretario Ojeda, aunque más de un golfista lo ha visto jugar en el Country Club del sur de la capital. Y, como extra, la supuesta denuncia hecha por el propio almirante Ojeda sobre el contrabando de combustible es el mejor secreto guardado por la Fiscalía, ya que no ha tenido la generosidad (ya no es derecho) de informar con precisión al respecto.

Si no se está ante encubrimiento, ante qué embuste se está.

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El espacio no da para relatar otros asuntos con tinte de engaños.

Entre estos. Las inobjetables encuestas con que el pueblo seleccionó, sin incurrir en actos anticipados de elección, a quienes a la postre ocuparán la candidatura de su respectivo estado. La doble vara de la justicia aplicada a Ernesto Ruffo y a Rubén Rocha, uno en prisión y otro en libertad. La elevación a rango de delito la reproducción de memes con emblemas o símbolos oficiales, según esto, sin vulnerar la libertad de expresión. La sorpresa del gobernador oaxaqueño, Salomón Jará, al enterarse de la práctica de la extorsión y otros delitos en Juchitán, cuando que el cabecilla de esa industria era y es presumiblemente el alcalde morenista de ese municipio, Miguel Sánchez Altamirano, ahijado político del encargado de la educación en el gabinete estatal. La idea de que es lo mismo hablar en el foro de Naciones Unidas ante alrededor de 116 jefes de Estado o de Gobierno, que hacerlo en la tarima de la conferencia mañanera del pueblo ante una cincuentena de periodistas, varios de ellos de dudoso profesionalismo. Y ni hablar del mayor golpe de sombra dado al contrabando de combustibles en Guanajuato que corona las pifias de la Fiscalía.

Se está exagerando el juego.

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Ese juego de engaños no revela astucia ni osadía. Delata, angustia, debilidad e incapacidad para hacer política.

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