El golpe dado por Donald Trump en Venezuela marca el punto de partida hacia un futuro incierto.
Un porvenir borrascoso que, por lo pronto, desecha, sino es que entierra un desvencijado modelo internacional de entendimiento diplomático; reivindica la fuerza como herramienta eficaz para imponer designios o defender intereses; plantea un nuevo reparto geopolítico, y reconoce la incertidumbre como palanca de presión y miedo.
Más allá de los pretextos para justificar la intervención, el megalómano irrumpió en Venezuela para plantar ahí la bandera de su concepto de grandeza y geopolítica, sintetizado jacarandosamente por el Departamento de Estado con la imagen de Donald Trump y la leyenda “el hemisferio es nuestro”. Lo demás, sin ser lo de menos −Nicolás Maduro con esposa y esposado; el supuesto freno al tráfico de droga; la apropiación del petróleo; el cambio de gobierno, pero no de régimen− constituían el complemento. Lo importante era sustanciar de manera contundente la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos y la renovada doctrina Monroe con el corolario Trump.
En ese juego infernal se ven insertos ahora el resto de América y el conjunto de Europa, teniendo por atenta observadora a esa otra potencia que es China y por invitado satisfecho al régimen de Vladimir Putin en Rusia. Europa ve con azoro cómo el aliado de posguerra se ve tentado a dejar de serlo. Y los gobiernos restantes de izquierda en el subcontinente avizoran barruntos de tormenta en su horizonte.
Por haberlas impuesto, Trump tiene claras las reglas del nuevo juego y, de seguro, buscará operar lo más rápido posible ante el temor de que la inflación y el desempleo en Estados Unidos, así como la desaprobación de su gestión provoquen la implosión de su proyecto, haciéndolo saltar por los aires en las elecciones intermedias de este año.
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En todo esto, Nicolás Maduro es un accidente y Venezuela el eslabón requerido para armar la cadena que Donald Trump quiere engarzar cuanto antes.
Aparte de reelaborar la doctrina y diseñar la estrategia del proyecto en la región, el mandatario estadounidense supo leer el signo de los tiempos y la alineación de las estrellas. El corrimiento a la derecha y ultraderecha de varios gobiernos latinoamericanos; el calendario electoral del subcontinente con Colombia y Brasil en la lista; y la fragilidad de los regímenes autoritarios en Cuba y Nicaragua, le permitían cumplir lo presumido y pretendido, escarmentando a Venezuela. No en vano, el canciller Marco Rubio no tiene empacho en subrayar con jactancia que su jefe no juega, hace lo que dice.
Desde esa perspectiva, Maduro encarnaba el candidato ideal para convertirse en presa del bárbaro del norte y Venezuela en el terreno indicado para ensayar sin demasiado riesgo el uso de la fuerza como argumento. Desprestigiado, deslegitimado, sin un liderazgo firme en su círculo estrecho y proclive a convertir las negociaciones de su complicada situación política en una pérdida de tiempo, Maduro se puso de pecho y colocó a Venezuela contra la pared, cuyo nuevo gobierno se ve forzado a un sometimiento, disfrazado de entendimiento. A saber, cuál será el resultado del ensayo, ante el cual la oposición de aquel país primero se frotaba las manos y luego se tallaba los ojos: la caída del otro no implicaba su ascenso inmediato.
Dado el golpe, el engarce de los otros eslabones de la cadena no será tan complicado. Ante lo sucedido, en la lógica estadounidense, el régimen cubano está a punto de caer a causa de un colapso por falta de energía; más de un gobierno regional evitará el conflicto, doblándose o haciendo concesiones; algún otro sucumbirá electoralmente; y no faltará, desde luego, aquel que intente jugar con enorme cuidado y destreza sus propias fichas, si las tiene.
Tal pareciera el augurio del gobierno estadounidense, a partir del ejercicio de la presión y la maduración del susto.
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En ese cuadro es comprensible que el gobierno mexicano clame por el respeto al derecho internacional, reclame una actuación más eficaz y decidida de los órganos multilaterales y declame los principios de la política exterior… a sabiendas que, si eso suena bien, no basta.
El desconcierto generado por el juego de la potencia del norte es de tal magnitud que normas, organismos y principios diplomáticos constituyen un vago recuerdo y la velocidad de los acontecimientos dificulta o imposibilita emprender acciones nacionales o internacionales conjuntas. Tal circunstancia obliga a actuar en el campo donde se puede incidir que no es otro, sino el doméstico y el de la relación directa con Estados Unidos. En esas dos áreas se encuentra el reducido margen de maniobra, sin ignorar que los pretextos también forman parte del arsenal del país vecino.
Desde esa perspectiva, la situación del gobierno de la República no es nada sencilla. Requiere entrar a la renegociación del T-MEC asumiendo que éste quizá adquiera un carácter integral, no sólo comercial; sostener y profundizar el giro dado en materia anticriminal, yendo hasta donde tiene que ir, o sea, tocando ya no sólo a la delincuencia organizada sino también a la política asociada; revisar si no es menester retirar a las Fuerzas Armadas de administraciones, empresas y tareas distintas a su vocación que las distraen y exponen; dejar de utilizar el servicio exterior como agencia de colocación de políticos sin oficio ni experiencia diplomática; calcular si está en condición de emprender la reforma electoral que puede resquebrajar su alianza; y, desde luego, fijar prioridades para establecer qué quiere y puede.
Es hora de tomar decisiones ante la disyuntiva en puerta.
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Lo sucedido es un punto de partida fincado en la fuerza sin destino cierto y con grandes peligros.