En la parte más importante de su discurso de este domingo en el Monumento a la Revolución, la presidenta Claudia Sheinbaum no festejó dos años de haber ganado las elecciones que la llevaron al poder, sino describió por primera vez la hoja de ruta de lo que insinuó es un intento de los sectores más radicales de Estados Unidos –la “ultraderecha”, los llamó– para montarse en México y posicionarse para las elecciones en el Congreso y el Senado en noviembre en su país. Pero también advirtió la posibilidad que también quieran intervenir en las elecciones intermedias mexicanas del próximo año, y descarrilar el movimiento de Andrés Manuel López Obrador y el proyecto de poder de la ‘4T’.
Sheinbaum le dedicó más de la segunda parte de su discurso a hablar sobre las amenazas que ve sobre México, subrayando que es lo que más le preocupa, y le dedicó 19 minutos, de una hora en que duró el mensaje, en el trazo de la secuencia que tuvo como inicio la reiteración debatible que hay una ofensiva mediática y una campaña millonaria en las redes sociales para cambiar la percepción sobre la realidad.
Según Sheinbaum, el metabolismo de lo que consideró una estrategia apoyada por Estados Unidos, se aceleró el 19 de abril, cuando se supo que dos agentes de la CIA, en coordinación con agentes ministeriales de Chihuahua, a espaldas del gobierno federal, destruyeron un megalaboratorio de fentanilo operado por Los Chapitos, murieron en un accidente, junto con dos comandantes mexicanos.
La siguiente estación como parte de esa estrategia, dijo, fue el 30 de abril, cuando una “oficina” del Departamento de Justicia acusó “sin presentar pruebas”, a tres funcionarios electos de Sinaloa, el gobernador, el alcalde de Culiacán y un senador, de haber llegado al poder con el apoyo y el dinero de Los Chapitos. Mucho se ha hablado ya en este y otros espacios sobre los tiempos procesales de las pruebas, pero el matiz que deslizó es la posibilidad-advertencia de que “otras oficinas” de Estados Unidos, pudieran volverse en “el principal elector de México”.
Sheinbaum comenzó el control de daños sobre lo que comenzará hoy, de acuerdo a lo programado en la Corte del Distrito Sur de Manhattan, con la segunda comparecencia del general de División, Gerardo Mérida, el exsecretario de Seguridad Pública de Sinaloa, acusado junto con el exgobernador Rubén Rocha Moya y otros ocho servidores públicos del estado.
El temor, la razón de la negación a extraditar a Rocha Moya y la molestia de la presidenta con el exgobernador, con quien habían acordado que él sería el responsable de que nadie se entregara a Estados Unidos, vino hacia el final de este importante segmento de su discurso, cuando planteó la posibilidad de que “jueces extranjeros (no quiso decir estadounidenses) vienen por unos, (y luego) vienen por otros”, determinando con sus acciones judiciales el control sobre el voto de los mexicanos en futuras elecciones.
Es la primera vez que la presidenta verbaliza lo que ha dicho varias veces en las reuniones en Palacio Nacional: ceder ante Estados Unidos la extradición de Rocha Moya, abre un alto riesgo que declare lo que le pidan los fiscales contra miembros importantes de Morena. Sheinbaum no ha llegado a identificar la persona más relevante que podría imputar, el expresidente Andrés Manuel López Obrador, contra quien hay información de inteligencia en Washington, sobre sus presuntos lazos con Los Chapitos, a través del exgobernador.
El tono del discurso, enérgico, lo que disfraza lo defensivo, tajante, que apela a la militancia dura que responde a López Obrador, tiene como contexto relevante que se dio días después de que Washington enviara información de que Ovidio y Joaquín Guzmán, dos de Los Chapitos, y el exjefe del Cártel de Sinaloa, Ismael El Mayo Zambada, ya imputaron a Rocha Moya. Coincidió también con un mensaje del embajador estadounidense, Ron Johnson, que llamó a los servidores públicos sinaloenses acusados, “los primeros diez”.
De esta forma, el mensaje de la presidenta fue una estrategia para anticipar un próximo golpe, que están esperando, o una filtración en la prensa estadounidense, que les preocupa por igual. Se abrió un espacio de maniobra política, utilizando información que les está proporcionando Estados Unidos para utilizarla como defensa contra Estados Unidos. De ahí una batería de sus preguntas para generar dudas entre quienes la escucharon, “¿es realmente un interés legítimo, genuino por ayudar a México?, ¿para combatir al crimen organizado?, ¿o sectores de la ultraderecha en Estados Unidos están usando a este país para posicionarse en sus elecciones este año o en las del próximo año en México?”.
Hay un sector influyente en su entorno que está convencido de que el presidente Donald Trump –a quien desvaneció en su discurso, como también a su gobierno, para que sus palabras no fueran tan incendiarias y personalizadas– no va a hacer nada realmente contra políticos de Morena de lo que ya ha hecho –lo mismo decían antes de la acusación contra Rocha Moya, y mantienen el mismo diagnóstico–, y que todo tiene un fin electoral.
Dentro del entorno de Palacio Nacional había la idea de que la tormenta que ha traído Trump a México terminaría cuando perdiera –creen–, la mayoría en el Congreso y el Senado. Incluso, hace poco más de un par de semanas el secretario de Relaciones Exteriores, Roberto Velasco, hizo una presentación en la Presidencia sobre la redistritación en Estados Unidos –que estaba completamente fuera del radar del gabinete de Sheinbaum–, explicando que esas modificaciones le darían la victoria a los republicanos, siempre y cuando restablecieran la unidad con el movimiento MAGA, fracturada por el apoyo de Trump a Israel en la guerra con Irán, y por su relación con el pedófilo Jeffrey Epstein.
Sin embargo, la narcopolítica en México es el único tema donde republicanos y demócratas están de acuerdo y la cesión territorial que hizo López Obrador. Se olvidan que quien se llevó a Zambada y a manotazos sobre la mesa le exigieron que detuviera a Rafael Caro Quintero, fueron los demócratas. La avalancha diplomática, política, judicial y mediática en Estados Unidos no parará, sin importar quién gane las elecciones en noviembre. La preocupación de Sheinbaum es real, pero su estrategia tiene una falla estructural: la dependencia económica de México de Estados Unidos, como nunca antes, y que hay pruebas suficientes, allá y acá, de la colusión de líderes de Morena con el narcotráfico.
