Que se mueran los viejos...

El cambio.
El candidato independiente Pepe Martínez escribe que son muchas las deudas heredadas por los viejos políticos
El cambio.
El candidato independiente Pepe Martínez escribe que son muchas las deudas heredadas por los viejos políticos

Que se mueran los viejos...

El cambio.El candidato independiente Pepe Martínez escribe que son muchas las deudas heredadas por los viejos políticos
Nación321
2018-04-28 |18:41 Hrs.Actualización12:39 Hrs.

Nota del editor: Pepe Martínez es candidato independiente a diputado local por el Distrito 4 de Jalisco y es integrante de Wikipolítica; síguelo en Twitter: @Pepe_MartinezE

El viejo José Ángel Gurría Treviño, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), aseguró que los millennials fuimos los culpables de los resultados del Brexit y del rechazo en Colombia a los acuerdos de paz con las FARC; dice el exsecretario de Hacienda que la razón fue la desconfianza que tenemos los jóvenes con las instituciones y los procesos democráticos

Gurría Treviño argumentó que los jóvenes de Inglaterra -cuyo futuro estaba en juego- no votaron o votaron muy poco y permitieron que otros definieran su futuro, pero no menciona que a favor de permanecer en la Unión Europea votaron el 75% de los jóvenes menores de 24 años y solo el 39% de los viejos mayores de 65. 

En el caso de la elección presidencial de 2016 en EU los resultados fueron muy similares, solo el 37% de los jóvenes menores de 30 años votó por Trump, pero ese número subió hasta el 53% entre los mayores de 45 años. Fueron los viejos quienes votaron por Trump y por el Brexit, y quienes tomaron las decisiones que tienen a mi generación al borde del abismo, son ellos los grandes responsables de la desconfianza que como bien dice Gurría, tenemos los jóvenes con las instituciones.

Nos llaman millennials a los que nacimos en las dos últimas décadas del milenio, dicen que somos la generación más inmadura y narcisista que haya existido, que posponemos las “obligaciones” que implica el ser adulto, que trabajamos poco y en cambio perdemos el tiempo en frivolidades egocéntricas. 

Cada millennial tiene su propia historia de desamor con el sistema, pero muchos coincidimos en que los viejos nos mintieron, nos dijeron que en la era de la globalización y el libre comercio podíamos ser lo que quisiéramos, que si terminabas la universidad y hablabas dos o tres idiomas tenías tu futuro asegurado. 

Nadie nos dijo que el mercado laboral sería cada vez más despiadado, que tendríamos que competir con mano de obra barata y calificada al otro lado del mundo, que la automatización de procesos acabaría con millones de puestos de trabajo, que los salarios serían de risa y las hipotecas serían de llanto.Yo nací durante el último año de gobierno del viejo Miguel de la Madrid -el que no iba a permitir que el país se deshiciera entre sus manos-. En mis primeras elecciones presidenciales votaron los muertos, se cayó el sistema y ganó el viejo que tenía que ganar...

Salinas heredó el trono revolucionario institucional y el viejo Cárdenas agachó la cabeza porque así era la realidad política de aquel México, no había nada más que hacer. Del sexenio del viejo Salinas no recuerdo mucho, solo algunos anuncios de “solidaridad” y ya para el 94 las pláticas entre mi papá y mis tíos sobre la devaluación, el subcomandante Marcos, el cardenal Posadas y Colosio. 

Del sexenio del viejo Zedillo recuerdo los anuncios de “confía en México” y la preocupación en la familia porque miles de mexicanos perderían su casa, entre ellos mi Tío Antonio, quien un par de años después de que murió mi padre me llevó al primer gran evento político de mi vida, el cierre de campaña de Vicente Fox en el 2000... Yo tenía 12 años y recuerdo la interminable marea blanquiazul por el centro de Guadalajara y el árbol que trepé con mi primo Toño para poder ver de lejos al bigotón de las botas de charol. ¡Ya ganamos!, gritaba la gente... pecando de optimistas decían que era la hora del cambio y de sacar al PRI de los pinos. 

El cambio nunca llegó y a los pocos años mi tío tuvo que emigrar con su familia a Michigan de donde ya nunca volvió.

Del sexenio del viejo Fox recuerdo los chistes voluntarios e involuntarios, la repetición infinita de las torres gemelas esfumándose, al viejo Bush declarando la guerra y las marchas del desafuero. En el 2006 pude votar por primera vez y como muchos mexicanos me creí la campaña del miedo contra López Obrador y le di mi voto a Calderón tras el bombardeo en televisión del cállate chachalaca y las imágenes borrosas de Hugo Chavez.

Del sexenio del viejo Calderón recuerdo el plantón del viejo López Obrador en Reforma, la urgencia de los medios por aprobar las “reformas estructurales”, la estela de luz y ya entrados en la guerra contra el narco recuerdo con tristeza arrepentirme de haber caído en el cuento del “peligro para México” cuando las imágenes de embolsados comenzaron a hacerse recurrentes.

Del viejo Peña recuerdo la comedia en la Feria Internacional del Libro y la tragedia en Atenco y Ayotzinapa, y para mala suerte de Peña las redes sociales harán que muchos recuerden por mucho tiempo todos sus pecados, desde la casa blanca hasta la visita de Trump. Pero lo que más recuerdo es que en Julio del 2012 luego de participar en las marchas y asambleasdel #YoSoy132 fui promotor del voto nulo, me ausenté de México y no voté. Soy cómplice por omisión del estado actual del Estado mexicano... Gurría tenía razón.

Son muchas las deudas heredadas por los viejos, pero son tres los problemas que me parecen más graves, urgentes y hasta cierto punto imperdonables: el calentamiento global, la violencia generada por la guerra contra las drogas y la desigualdad económica.

CAMBIO CLIMÁTICO

Septiembre del 2016 será recordado como el mes que rompimos la barrera simbólica de las 400 partes por millón de dióxido de carbono suspendidas en la atmósfera para nunca más volver. La romántica meta de mantener el incremento de la temperatura del planeta por debajo de los dos grados centígrados se desvanece, lo que significa que será prácticamente imposible revertir las consecuencias del cambio climático. Incluso si el día de mañana se detuviera la quema de combustibles fósiles en todo el mundo y no se liberara una sola partícula más de CO2, será materialmente imposible “desaparecer” los gases de efecto invernadero ya acumulados.

Podríamos plantar millones de árboles para que a través de la fotosíntesis transformen el dióxido de carbono en oxígeno, pero eventualmente todos esos árboles van a terminar su ciclo de vida y al podrirse volverán a liberar todo el CO2 que acumularon. También podríamos almacenar el CO2 en el mar que de manera natural ya absorbe buena parte de ese gas, aunque eso implique aumentar de manera exponencial la acidificación de los océanos e inevitablemente llevar a la extinción no solo a los corales, sino a miles de especies marinas y ecosistemas completos. Otra solución sería construir máquinas de ciencia ficción que expulsen el CO2 al espacio o lo inyecten en la tierra para que luego de algunos millones de años se convierta en combustible fósil, pero eso requiere inversiones de trillones de dólares que los viejos no están dispuestos a pagar, para los viejos es más importante el crecimiento económico que la supervivencia de la especie y cuando comience a subir el nivel del mar en las ciudades costeras la mayoría ya estarán muertos.

Los países que más contribuyen con el calentamiento global son China, Rusia, Japón y Estados Unidos, pero a pesar de la evidencia científica que demuestra que el cambio climático es real y causado por la actividad industrial del hombre, Trump y los viejos republicanos se empeñan en negarlo seguramente seducidos por las jugosas aportaciones que hacen a sus campañas políticas los viejos dueños del petróleo. Los viejos demócratas dicen sí estar conscientes de lo grave de la situación, pero a pesar de que ya existe la tecnología para transformar el modelo energético de combustibles fósiles a uno eólico-solar, los resultados se dan a cuenta gotas.

El Acuerdo de París que pretende reducir a la mitad las emisiones para 2050 y a cero para 2100 suena ambicioso pero son solo llamados a misa, la realidad es que los viejos líderes del mundo no se atreven a tomar medidas serias como un alto impuesto al carbono por el temor de aletargar la economía. La electricidad es la industria que más contribuye con las emisiones de CO2. México es uno de los países con mayor potencial en el mundo para la generación de energía solar (5kWh/m2), lo que equivale a 50 veces la generación eléctrica nacional, y a pesar de eso más del 70% de la energía eléctrica que consumimos los mexicanos proviene de la quema de combustibles fósiles. La reforma energética aprobada en tiempos del mexican moment y la recién aprobada Ley de hidrocarburos dan prioridad al petróleo sobre las energías verdes y los bonos de carbono que ya comienzan a cotizar en la bolsa de valores son aspirinas para el cáncer, los viejos siguen tratando de resolver los problemas del mercado con soluciones mercantiles.

El problema de fondo es un sistema económico que pone al capital por encima de la conservación de la flora y la fauna. Según la organización World Wildlife Fund para 2020 podrían desaparecer dos terceras partes de toda la fauna silvestre de la tierra. Aquí ningún viejo puso en duda la devastación del manglar Tajamar, pero los viejos economistas decían que lo importante era “no perder la inversión” y los viejos columnistas financieros decían que había que darles “certeza jurídica” a los hoteleros. Tiene razón Bill Gates –uno de los viejos más beneficiados del capitalismo en el mundo- cuando dice que el sector privado es inepto y que solo la inversión pública puede salvar al planeta del cambio climático.

Son muchos los problemas ambientales que los jóvenes tendremos que abordar en el mediano y largo plazo: la minería, el fracking, los plásticos, el agua y los bosques, pero el cambio climático es sin duda la amenaza más grave que enfrentará la civilización en los próximos siglos y nos tocará a los millennials y generaciones posteriores buscar maneras creativas, proactivas y reactivas para aminorar sus efectos... a los viejos les quedó grande el planeta.

MEDIO SIGLO LUCHANDO CONTRA LAS DROGAS

La guerra contra las drogas es tal vez el error más trágico de los viejos, se calcula que Estados Unidos ha gastado más de un trillón de dólares durante 40 años en una lucha que no ha servido ni servirá nunca para nada, pero el costo más alto e irreparable es el de las incontables vidas humanas que se han perdido sin que se logre disminuir ni el consumo, ni el narcotráfico, ni mucho menos la violencia.

Todo comenzó cuando en 1973 el viejo Nixon creo la DEA como una herramienta de presión y golpeteo a los afroamericanos y opositores a la guerra de Vietnam, la idea consistía en relacionar a los negros con la heroína y a los hippies con la mariguana y luego penalizar ambas sustancias para justificar las redadas en comunidades negras y la detención de los líderes de izquierda relacionados con el movimiento antibélico. Luego en los años ochenta tras el boom de la cocaína y el surgimiento de Pablo Escobar, la lucha contra las drogas toma fuerza impulsada por el viejo Reagan y su esposa Nancy quien supo vender la guerra con su papel de madre preocupada por el futuro de la juventud norteamericana.

En México la pugna entre cárteles por el control de rutas hacia E.U. se mantuvo relativamente en calma durante muchos años, hasta que el viejo Calderón le disparó al avispero. Desconozco las motivaciones que llevaron a Calderón a iniciar una guerra sin estrategia ni sentido común “para que la droga no llegue a tus hijos”. Pienso que la faceta napoleónica de Felipe fue una manera de legitimarse ante lo cerrado del resultado electoral, pero no descarto del todo la teoría conspirativa de poner al país en un estado de shock para poder avanzar en la agenda reformista.

La realidad es que el combate a las drogas nunca ha tenido una justificación lógica. Según la Encuesta Nacional de Adicciones, en México mueren aproximadamente mil personas al año por el consumo de todas las drogas ilegales, pero la guerra contra las drogas ha dejado desde 2006 más de 200 mil muertos y desaparecidos, es decir que por cada vida que se intenta salvar se pierden otras veinte. Si lo que se pretende es cuidar la salud de los mexicanos se tendrían que prohibir la comida chatarra y las bebidas azucaradas, ya que según el secretario de salud José Narro Robles, el 35% de los mexicanos muere a causa de la obesidad, la diabetes, la hipertensión y otras enfermedades cardiovasculares. Las drogas legales como el alcohol, el tabaco y los analgésicos recetados también tienen un mayor índice de fatalidad que las sobredosis de drogas ilegales como la heroína y la cocaína.

El cambio de paradigma en la lucha contra las drogas es inevitable. En México el primer paso lo dio la Suprema Corte que ha resultado ser en más de una ocasión el más liberal de los Poderes de la Unión. El valiente Ministro Arturo Zaldívar propuso un proyecto vanguardista que hace a un lado tabúes y se centra en el libre desarrollo de la personalidad. Luego el viejo Peña se atrevió a dar un discurso histórico en la ONU donde descalificó el modelo prohibicionista que criminaliza a los consumidores y pidió tratar a las drogas como un problema de salud pública, pero aquello solo quedó en buenas intenciones, el viejo PRI mandó la iniciativa de Peña para legalizar la mariguana a la congeladora donde también duerme la iniciativa presentada por la bancada de Movimiento Ciudadano para dar amnistía a los 60 mil presos que hay en México por el consumo y posesión personal de la yerba.

El viejo sistema penal mexicano está roto, aquí la prisión no es para el culpable sino para el pobre. Los viejos políticos y empresarios que roban millones nunca pisarán la cárcel que está reservada para los temibles criminales que ¡se fumaron el humo de una planta! El costo de mantener un preso en México es de 140 pesos al día -50 mil pesos al año-, significa que por tener encerrados a 60 mil pachecos el gobierno está gastando -de mis impuestos- 3 mil millones de pesos al año que podrían ser utilizados en programas de prevención y rehabilitación, eso sin contar los miles de millones que gastamos en armas cuando nuestras escuelas rurales no tienen bancas, piso, ni drenaje.

La mariguana es la droga ilegal que más se consume en el mundo y no hay una sola muerte documentada por su sobredosis. Varios países han logrado pasar con éxito de la prohibición a la regulación como Uruguay, Holanda, Portugal y Estados Unidos donde tan solo en California esperan recaudar este año hasta un billón de dólares en impuestos tras la legalización. Hace un par de años la niña Grace quien sufría hasta 400 convulsiones epilépticas por día comenzó a tomar cannabidiol y según sus padres el medicamento les cambió la vida. Ha sido tal el éxito de la mariguana en el tratamiento de padecimientos como la esclerosis múltiple, la artritis, dolores crónicos y desórdenes alimenticios, que las viejas compañías farmacéuticas ya gastan millones en el cabildeo contra la legalización ante el temor de que sus medicamentos pierdan mercado conforme se sigan descubriendo las propiedades médicas e industriales de la planta.

La amapola es otro tabú para los viejos, su siembra es el sostén económico de miles de familias en Guerrero y Michoacán, el gobierno mexicano en lugar de combatirla debería regularla para que los campesinos no tengan que vendérsela al narco y puedan venderla al gobierno para fabricar medicamentos a base de opioides de bajo costo. En 2018 no tendríamos porque seguir condenando a nuestros enfermos terminales a morir en dolor y agonía cuando podríamos fabricar suficiente morfina para todo el sector salud con la goma de opio que ya se produce en las montañas de tierra caliente.

Todas las personas nacemos con un cierto grado de predisposición a la adicción por el placer físico. Nos gusta liberar endorfinas con drogas legales e ilegales, comida, televisión, trabajo, ejercicio, sexo o internet. Si esa libertad –adicción- no daña a terceros se debe tolerar, pero la adicción más peligrosa, la que más daño causa a terceros y de la que casi nadie habla es el dinero... los viejos avariciosos adictos al capital son en gran parte responsables de la desigualdad económica que nos aqueja y que se agudizará en los próximos años.

DESIGUALDAD ECONÓMICA

Es innegable que el modo de producción capitalista ha incrementado exponencialmente la riqueza en el mundo sobre todo a partir de la revolución industrial, pero también es innegable que esa riqueza tiende inevitablemente a concentrarse cada vez en menos manos. Según el informe anual de Oxfam, actualmente tan solo 62 personas en el mundo acumulan el mismo capital que la mitad más pobre -3500 millones de personas-, lo que va en contra de los fundamentos de la democracia pues la concentración del poder económico implica de manera intrínseca la concentración del poder político.

La productividad, la innovación y el trabajo duro fueron los pilares del capitalismo durante muchos años, pero luego vinieron las políticas neoliberales impulsadas por la vieja Thatcher y el viejo Reagan con la bendición del viejo Juan Pablo II que recortaron el gasto social, redujeron los impuestos a los más ricos y a las grandes corporaciones y volvieron el capital más especulativo. Gracias a la desregulación financiera los bancos jugaron a la ruleta rusa, perdieron y luego exigieron rescates millonarios financiados con dinero público para poder seguir apostando. La deuda pública oficial mexicana no contempla los pasivos del rescate bancario de 1995 (Fobaproa), que según el propio secretario ejecutivo del IPAB ascendía a 855 mil millones de pesos (4.5% del PIB) a principios de 2017. Los pobres mexicanos acostumbrados a apretarse el cinturón tuvieron que rescatar a los viejos banqueros que nopueden ni deben cambiar el caviar por las lentejas.

Durante siglos el equilibrio entre proletariado y burguesía ha dependido de una regla básica: los dueños del capital necesitan de la mano de obra y la clase obrera al no tener el control de los medios de producción necesita vender su fuerza de trabajo, pero por primera vez en la historia esa frágil fórmula está en peligro. A diferencia de la revolución industrial, la revolución tecnológica no está reemplazando los empleos perdidos debido a la automatización de procesos, lo que agravará en los próximos años la crisis del trabajo que ya comienza.

Prácticamente todos los empleos están en vías de extinción, la tecnificación del campo acaba lentamente con los pequeños agricultores, las ventas por internet acaban con los vendedores tradicionales, ya existen médicos robot que pueden operar a distancia con mayor precisión que el pulso humano y abogados robot que analizan cientos de documentos fiscales en minutos cuando un despacho se lleva semanas. Antes eran necesarios cientos de obreros en las fábricas, pero ahora todas las líneas de producción son automatizadas, desde la fabricación de ropa o alimentos, hasta las armadoras de autos o equipo aeroespacial.

Uno de los trabajos más comunes en E.U. es el de trailero, pero estamos entrando a la era del piloto automático que acabará no solo con esos empleos sino también sus indirectos como hoteles de paso y restaurantes, y aunque hace unos días se detuvo la circulación de ubers con piloto automático en Arizona luego de un accidente fatal, hay que recordar que lo mismo pasaba a inicios de la aviación comercial y hoy es más probable morir porque te cayó un coco en la cabeza que en un accidente aéreo. Miles de profesores también pueden ser fácilmente sustituidos por sus equivalentes virtuales y una empresa llamada Momentum-Machines diseñó una máquina de tan solo 2.2 metros cuadrados que fabrica 360 hamburguesas gourmet por hora.

¿Qué va a pasar no solo con los empleados de McDonald’s sino con todos nosotros cuando un robot pueda hacer nuestro trabajo sin pedir aguinaldo ni vacaciones? Los miles de graduados de todas las carreras en universidades públicas y privadas encontrarán un mercado laboral cada vez más competido hasta que eventualmente los títulos sirvan solo para adornar las paredes. Eso suponiendo que a algún genio no se le ocurra desarrollar la inteligencia artificial porque entonces sí... game over; o las máquinas acaban reemplazándonos en todas las actividades productivas, o en el peor de los casos comienza la lucha entre el hombre y la máquina por ver quién triunfa como la especie dominante del planeta.

Decía Stephen Hawking que: "Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado dependerá de cómo se distribuyen las cosas. Todo el mundo puede disfrutar de una vida de lujo y ocio si la riqueza producida por las máquinas es compartida, o la mayoría de la gente puede acabar siendo miserablemente pobre si los propietarios de las máquinas logran cabildear con éxito en contra de la redistribución de la riqueza”, y agrega que: “hasta ahora la tendencia parece ser la de la segunda opción, ya que la tecnología está conduciendo a una creciente desigualdad”. Hawking fue un astrofísico brillante y hay que ponerle mucha atención, estamos en vías de convertirnos en una plutocracia.

México es uno de los países más desiguales del mundo. Aquí los 4 viejos más ricos pasaron de tener el 2% del PIB en 2002 al 9% en 2014, es decir que tan solo 4 personas de 120 millones son dueños de una décima parte de toda la riqueza nacional mientras 11 millones de mexicanos viven en pobreza extrema. Cabe resaltar que los viejos millonarios mexicanos no se hicieron ricos gracias a empresas innovadoras como Amazon, Google o Facebook, simplemente son los beneficiados del remate de empresas públicas como el viejo Carlos Slim con Telmex quien hizo su fortuna cobrándonos las más altas tarifas de telefonía, o Germán Larrea y Alberto Baillères que han hecho sus fortunas contaminando grandes extensiones de tierra y agua para extraer toneladas de minerales, aunque supuestamente las riquezas del subsuelo pertenecen a todos los mexicanos, las concesiones mineras siempre son para el mismo par de viejos colmilludos.

“Que se moderen la indigencia y la opulencia”, decía Morelos, pero parece que los sentimientos de la nación cambiaron tras la borrachera neoliberal, el favoritismo del gobierno con los ricos ya es escandaloso. El recorte presupuestal para 2017 fue de 240 mil millones de pesos -35% menos al medio ambiente-, pero en lo que va del sexenio el SAT ha condonado 188 mil millones a un puñado de afortunados contribuyentes acaudalados y grandes corporaciones. Es imposible que un trabajador pueda evadir un solo peso de impuestos, pero los ricos lo hacen “legalmente” moviendo su dinero a paraísos fiscales como lo exhibieron los Panama Papers, que obligaron a la renuncia del Primer Ministro de Islandia pero en México no fueron más que otra raya al tigre de la corrupción, las viejas televisoras ni tocaron el tema pues sus dueños también figuraban en la lista negra.

CONSTRUYENDO UTOPÍA

El reconocido filósofo africanoestadounidense Cornel West asegura que la era Trump marca el inicio del fin del neoliberalismo en occidente, su triunfo fue un castigo de todos los que piensan -con razón- que los políticos tradicionales no los representan, pero eso no significa que la sociedad norteamericana se haya cargado a la derecha, al contrario, los millennials gringos ya tienen una mejor opinión del socialismo que del capitalismo, por eso en la selecciones primarias votaron por Bernie Sanders más jóvenes menores de 30 años que por Clinton y Trump juntos.

Falta poco para que la balanza demográfica se incline a favor de las causas progresistas, el internet, el blockchain y otras tecnologías serán nuestra herramienta de transformación para elegir gobiernos que representen a la mayoría y no solo a los intereses de unos pocos... vamos construyendo la utopía.

Una utopía sin corrupción, donde esté prohibido el cabildeo “en lo oscurito” entre servidores públicos e intereses especiales, donde sean obligatorias y auditables las declaraciones fiscales, patrimoniales y de intereses de todas las personas físicas y morales que reciban dinero público, donde las instituciones de transparencia y acceso a la información sean realmente autónomas y las auditorias tengan la facultad de sancionar a cualquier burócrata sin importar su jerarquía.

Una utopía sin partidocracia, donde las candidaturas independientes obliguen a los políticos tradicionales a representar a sus votantes y no a las cúpulas de su partido, donde la impartición de justicia sea pareja y sin fueros, los ministerios públicos protejan a la víctima y no al delincuente, y ya no se recurra a la tortura como método para obtener confesiones.

Una utopía donde las mujeres ganen el mismo salario que un hombre por hacer el mismo trabajo, donde el SAT persiga la evasión y ya no otorgue créditos fiscales a las grandes empresas, donde se castigue el blanqueo de capitales en paraísos fiscales y el pago de impuestos sea progresivo y proporcional al nivel socioeconómico para poder financiar una renta básica universal que proteja a la población más vulnerable y les permita vivir con un mínimo de dignidad, no más niños limpiando vidrios ni viejitos vendiendo cigarros en las esquinas.

Una utopía con cobertura universal en salud y educación pública, laica y gratuita donde las universidades tengan suficiente presupuesto para competir con las farmacéuticas en la investigación de nuevos medicamentos y donde no importa que se gradúen de todas las universidades más personas de las “necesarias” para el sistema económico global pues el conocimiento ya no estará subordinado al mercado laboral.

Una utopía donde las mujeres pueden decidir sobre su cuerpo y no se discrimina el color de piel, la identidad de género, la creencia o la preferencia sexual, pues el gobierno ya no mezcla principios morales o religiosos con decisiones personales que corresponden exclusivamente al individuo, donde en lugar de gastar impuestos para mantener adictos en la cárcel, se inviertan en un tren rápide público y más personas se mueven en bicicleta que en automóvil.

Una utopía con calles sin cables porque transformamos el modelo energético y todas las casas, alumbrado público, semáforos y anuncios tieneno de Tijuana a Cancún y nuevas líneas de metro, porque ya se da prioridad al transporte su propio panel solar, y como en la utopía el acceso a internet es un derecho, las lámparas en calles y plaza públicas funcionan también como puntos de acceso inalámbricos en una red de bajo costo, donde esté prohibida la fabricación e importación de baterías no recargables, detergentes y plásticos no biodegradables, y hay un impuesto progresivo a las emisiones de carbono que se utiliza para recuperar los ecosistemas dañados por el consumo desmedido de recursos.

Una utopía donde el agua potable sea realmente potable y México ya no sea primer lugar en obesidad infantil y consumo de refrescos, porque se prohíbe en las escuelas la venta de comida chatarra y se le cobra un impuesto extra a las bebidas azucaradas para instalar bebederos públicos en calles, plazas, parques y escuelas, reduciendo considerablemente el uso de botellas de plástico.

Una economía utópica donde el salario mínimo alcance para vivir y se combata el desempleo causado por la automatización reduciendo la jornada laboral cuanto sea necesario porque ya no se menosprecia el ocio. Con propiedad privada, libre mercado y comercio internacional, pero donde el Estado tenga participación en bancos, telecomunicaciones y rectoría en todas las áreas que sean críticas para alcanzar el bien común: seguridad pública, salud pública, educación pública, infraestructura, transporte público, agua y energía.

El hombre nuevo es la sumatoria de lo mejor del hombre viejo y los viejos nos dejaron grandes regalos, hoy millones de personas en el mundo tienen smartphones con mayor capacidad de procesamiento que todo el sistema de cómputo de la misión que llevó al hombre a la luna. Solo espero que cuando mueran los viejos y los jóvenes tomemos las riendas no cometamos sus mismos errores, porque de ello depende no solo la supervivencia de nuestra generación, también la continuidad de toda la raza humana. Pero para poder transitar con éxito a nuestra parte de la historia, los millennials tenemos que aprovechar las herramientas que nos trae la era de la información y no reducir nuestras elecciones democráticas a la compraventa de gadgets, sino involucrarnos en el sistema que aborrecemos hasta hacerlo funcionar para la mayoría... y para eso hay que dejar que los viejos paradigmas -políticos, económicos y sociales- se mueran.