@macafut: El piso 12 del 19 de septiembre

La Roma fue uno de los puntos afectados por el sismo. Ciudadanos y rescatistas se unieron para salvar vidas
La Roma fue uno de los puntos afectados por el sismo. Ciudadanos y rescatistas se unieron para salvar vidas

@macafut: El piso 12 del 19 de septiembre

#FuerzaMéxico.La Roma fue uno de los puntos afectados por el sismo. Ciudadanos y rescatistas se unieron para salvar vidas
Cuartoscuro
autor
Mauricio Cabrera
Director y Cofundador de juanfutbol
2017-09-20 |08:40 Hrs.Actualización08:49 Hrs.

Un movimiento que advierte. Un prólogo incierto. Porque de un sismo se sabe cómo empieza, pero nunca cómo termina. Entonces actúa el impulso. El instinto de supervivencia que no sigue instrucciones. No porque no quiera, sino porque los específicos ni siquiera los conozco. Estoy en WeWork, en un piso 12 de la Colonia Roma. No es mi oficina y el universal no corro, no grito, no empujo ayuda a no hacer caos, mas no garantiza sobrevivir. Acabo de terminar una junta. Espero a Pato para una comida que al final no se dará. Siento el movimiento de la tierra. Recuerdo la sensación del sismo pasado. 

Ese que ignoré por valiente, por incrédulo y por pendejo a la vez. Y de nuevo la vida que se reproduce en slow motion. Y el cerebro que corre a máxima. Miro a la derecha y veo a Mike. Lo descubro con la mano levantada. Apenas a unos centímetros del botón que acaba de oprimir para pedir un elevador que por suerte no llega para recibirlo. A mi izquierda, en el centro de la sala de juntas en que unos minutos antes habíamos discutido, está Maykel. Nos quedamos viendo. Sus ojos expresan duda. Los míos también. Estamos en ese microsegundo en que al movimiento de la tierra se le adjudican distintos autores intelectuales. Un camión de carga pesada que cimbra la calle y los edificios. Una falla arquitectónica a la que los trabajadores de siempre están habituados. Un grupo de personas corriendo al mismo tiempo. El cerebro tiene su lado optimista hasta que la realidad le gana a la fantasía.

Maykel reacciona antes que yo. Me dice que me aleje de los vidrios. Que nos pongamos debajo de la mesa. Lo sigo obediente, como siempre debería actuar en un simulacro y en los temblores que debieron prepararme para el que apenas inicia. Su resguardo me sirve como muestra. Es una clase intensiva de protección para el irresponsable que se ha ido a extraordinario. Aún no termino de acomodarme cuando el temblor intensifica su furia. Se escucha el ruido de la tierra, el de las lámparas y computadoras que caen. Los gritos de quienes para entonces ya incumplen un treinta y tres por ciento de las máximas en un temblor. Vaya, de las que hasta yo me sé. No corro, no grito y no empujo. De la sala de juntas se cae todo. La mesa que nos protege también quiere voltearse. Pero nos aferramos a ella. La sostenemos mientras la tierra se mueve y mientras un french poodle que antes de empezar la junta dormía en un sillón, corre sin rumbo. Busca a su dueña, busca salvar su vida y busca entender por qué la tierra que hasta hace unos segundos era firme se menea como el mar. No puedo evitar preocuparme por él. Y también por mis perros, que a la distancia y sin más compañía que la que ellos se proporcionan, viven su propio drama. La de un temblor es una pesadilla en dos dimensiones. La que vives y la que piensas. La que incluye a los que están a tu lado y la que remite a los que hemos dejado solos, aunque no sea por decisión propia.

El golpeteo de la tierra me llama a la dimensión de los que están junto a mí. Dejo a mis perros para ver al french poodle manteniéndose en pie como puede. Tropieza en algún momento. Luego reanuda su carrera. Maykel se queja. No grita porque es un tipo recto como instructivo. Sereno hasta en la emergencia. Pero lo tranquilizo. Tengo para él palabras de aliento en las que no creo. Le pido que se calme. Que ya va a pasar. Pienso, en realidad, que el edificio se va a derrumbar. Que un vidrio nos va a caer encima. Que vamos a morir. Que es cuestión de segundos. Pasa un rato. Sé que es poco, pero siento que es mucho. La tierra se asienta como un corredora exhausta que llega a la meta jalando aire. Un paso, dos pasos, uno más y al final nada. La tierra descansa. Le digo a Maykel que ya pasó. Él me responde que sí. Que salgamos a descubrir el mundo después del temblor. Nos paramos. Se siente un movimiento. No sé si es real o producto de la paranoia. Por un segundo pienso que volverá a temblar. También Maykel. Miramos de nuevo a la mesa, como si viniera el segundo tiempo. Pero después nada, la calma del temblor que se apaga. El silencio del telonero que abre pista y escenario para el lastimoso performance de la tragedia.

Maykel y yo caminamos rumbo a las escaleras. Vamos en modo avión. Dos seres humanos limitados a sus funciones más básicas. Ahí, en las escaleras que más tarde descubriré como el lugar en que Mike tuvo que vivir el temblor, la gente incumple el sesenta y seis por ciento restante de las máximas. Corren y empujan. No gritan sólo porque quienes tienen ganas de hacerlo prefieren llorar. Se pelean por sobrevivir. El pánico activa el individualismo. Una chava pelea con otra porque no carga a su perro. La dueña del perro ni siquiera se defiende. No sabe qué hacer. Está en shock. Le ayudan a cargarlo. La que está en shock pasa empujando a todos. Quiere salir de un edificio que no necesitó derrumbarse para dejar de ser lo que era. A ojos de los que estamos ahí, ese edificio nunca volverá a ser el mismo.

El descenso significa salvación. A Maykel y a mí nos lleva tiempo entender que hemos sobrevivido. Cuando lo hacemos llega una alegría que rápido se apaga. Es fugaz porque aún falta saber qué ha pasado con los de otra dimensión. Con los que queremos, pero no están con nosotros. Y aún no podemos atenderla cuando con señales de humo se activa una más. La de los terceros que están en esos puntos grises y polvorientos que de la tierra se elevan para que otros los veamos desde una ventana. Maykel y yo sabemos, y asumo que el resto de los sobrevivientes también, que las señales de humo en un edificio tras un temblor significan un final y un comienzo. El desenlace de lo que ha ocurrido y el inicio de lo que ha provocado. El humo es el Google Maps de los siniestros.

Nunca antes he valorado tanto la normalidad. El rayo de luz que me golpea la cara. El calor que por un instante disfruto por darme una nueva prueba de que estoy vivo aunque después me termine generando la misma inconformidad de siempre. La calle con sus puestos y su gente. Los vagabundos que viven tanto en su zozobra que ignoran la del resto y siguen pidiendo dinero cuando en ese momento ni el más avispado de los empresarios piensa en pesos y centavos. A la distancia Maykel y yo vemos a Pato y a Mike. A Selene y a Vocho. Pienso rápido en lo curioso que resulta que Vocho esté ahí. El apodo viene de su figura redonda y afable. Es el amigo confiable. Siempre he dicho que es el hombre más abrazable del mundo. Que debiera ofrecer abrazos patrocinados por Coca Cola por la alegría que da. Y justo en ese momento está ahí, para mí. Mi amigo Vocho y su figura redonda. El abrazo que necesito.

La supervivencia personal es apenas un episodio. Enseguida cada uno piensa en un grupo de nombres y apellidos a palomear. Es parecido a una lista del súper, pero con vidas de por medio. Pronto me entero que los de la otra dimensión también sobrevivieron. Que en mis oficinas no ha pasado nada más allá del susto. Que Logan y Nala están bien. Esperándome en casa. E incluso que Logan ha aprovechado la caída de cosas para destrozarlas. Le agradezco que hiciera lo de siempre. Me hacía falta saber que algo de mi vida continuaba siendo como antes.

Lo que sigue fortalece la idea de que estoy en una película de ficción. Nos reunimos en el Ángel de la Independencia por temor a que una fuga de gas derive en una explosión. Antes habíamos caminado hacia el norte. Después nos pidieron que fuéramos hacia el sur. El olor a gas representa también el olor a temblor. A lo que hizo con nosotros. Y a lo que hizo con nuestro mundo. Por un momento pensamos en que habrá una réplica. Que la tierra no se quedara quieta hasta acabar con nosotros. Después nos damos cuenta que el clímax ha pasado, pero no entendemos cómo reanudar nuestras vidas. Las calles están tomadas por la gente. Los coches, varados. Y las ambulancias con la sirena encendida queriendo pasar por donde nunca podrán hacerlo. Respirar no siempre significa entender cómo vivir.

Para entonces quedamos Mike y yo. El resto hace guardia afuera de Wework esperando poder subir por sus cosas. Volver a ese piso doce que hace una hora quería expulsarnos. Mike y yo tardamos en decidir qué hacer. No hay manera de ir a casa o a la oficina. La ciudad está colapsada. Buscamos un lugar para comer. O más bien, un lugar para estar. Llegamos al Market Café Gourmet del hotel Marquis. Queremos pedir de comer. No hay servicio de alimentos. Pedimos de tomar. Él un tequila y yo un matusalem platino. Un trago para calmarnos y para celebrar que los nuestros están bien. Mientras brindamos, el sabor encierra una contradicción. La del hombre que agradece por su vida. Y la del hombre que llora por la del prójimo. Vemos los escombros a través de la televisión. Los escombros de México, los escombros de esa tercera dimensión que ya pedía ayuda desde las señales de humo que vimos desde las ventanas.

Llego a mi casa a las nueve de la noche. Le escribo a Maykel para decirle que nunca lo había deseado, pero que habíamos sido buenos amigos de temblor. Me contesta que sí. Que nunca lo olvidaremos. Abrazo a mis perros. Logan me pide que juegue con la pelota. Se la aviento. Acaricio a Nala. Pienso en lo bien que me fue y en lo mal que me fue. Sobreviví, pero ahora sé lo que se siente el trauma de un temblor. Sobreviví, pero ahora sé lo que se siente ver a México convertido en cenizas. Y también sé lo que se siente verlo en pie por la fuerza que tenemos como una sociedad que se une en la tragedia. No es momento de pensarlo, implica falta de tacto, pero esta fuerza con la que movemos a México en la tragedia, tendría que ser la que mostráramos ante los abusos de quienes se creen más grandes y poderosos que la fuerza de un país cuando decide juntarse. El temblor ha marcado mi vida y la de millones. Nunca más podré vivir un sismo sin pensar en sus posibilidades. Nunca más podré olvidar que un temblor es un prólogo incierto. Porque de un sismo siempre se sabe cómo empieza, pero nunca cómo termina.