Hoy, ahora, a la menor sacudida, el mundo entero tiembla. Puede ser por maldad, por ignorancia o por esa necesidad casi automática de reaccionar sin entender. Sin embargo, esto no es algo nuevo. Ya ha pasado antes. En su tiempo, la transmisión de La guerra de los mundos, en 1938, de Orson Welles, logró sembrar pánico en gran parte de la población estadounidense, que incluso llegó a creer estar ante una invasión real. No fue solo un episodio anecdótico, fue una muestra clara de lo fácil que es alterar la percepción colectiva cuando no se distingue entre lo que ocurre y lo que se cree que ocurre.
Distinguir entre realidad y ficción no es un ejercicio menor, es una condición básica de salud mental y de estabilidad social. El mundo ya ha vivido momentos en los que esa frontera se vuelve difusa. Durante la crisis de los misiles en Cuba, en 1962, la humanidad entera contuvo la respiración ante la posibilidad real de una guerra nuclear. No era una exageración, era la comprobación de que una decisión estratégica podía desencadenar una destrucción irreversible.
Entonces, como ahora, muchas decisiones rozan la irracionalidad. Instalar misiles en Cuba fue forzar una reacción directa de Estados Unidos, acortar los tiempos de respuesta y elevar el riesgo de un ataque inmediato. Esa lógica no ha desaparecido. Hoy, aunque no hay evidencia concluyente de que Irán posea armamento nuclear, vivimos en un entorno mucho más desordenado, fragmentado y difícil de contener.
El problema no es solo lo que sabemos, sino lo que puede ocurrir. Un error de cálculo, una decisión precipitada, un arranque de ira de Donald Trump o una escalada mal gestionada pueden cambiarlo todo. La tensión entre Irán e Israel no es nueva, pero sí cada vez más costosa y difícil de sostener. Y, como tantas veces, el peso estratégico termina recayendo en Estados Unidos, incluso cuando no es el actor principal. Sin embargo, quien sigue sin poder abandonar su deseo de ser el protagonista en todo momento es quien en algún momento fue la figura principal del programa El Aprendiz. El problema es que llega un momento de la vida en el que, si uno no sabe diferenciar entre el mundo del espectáculo y la realidad, las consecuencias pueden ser catastróficas.
Mientras tanto, la guerra deja de ser una hipótesis y empieza a parecer una realidad en curso. Y ahí es donde entra lo verdaderamente importante: el liderazgo de quienes la conducen, su ejemplo, prudencia, madurez y capacidad de entender las consecuencias. Gobernar una guerra no es iniciarla, es saber contenerla.
Durante años, el pensamiento estratégico ha dejado de ser un espacio serio. Ha sido sustituido por círculos cerrados, por narrativas complacientes y por una peligrosa tendencia a glorificar al líder de turno como el gran estratega, por encima de cualquiera en la historia.
Hay quien –en sus delirios de grandeza– se cree estar por encima de Julio César, de Alejandro Magno, de Napoleón o incluso de Stalin. Hoy, esa confusión narcisista, está representada en el actual secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth.
Cuando se afirma, con orgullo, que con menos de 10% del poderío militar estadounidense se ha logrado neutralizar a un adversario como Irán, lo que sigue no es celebración, es una pregunta obligada. Si, como tanto se afirma, la guerra y la amenaza iraní ya ha sido contenida, ¿por qué siguen cayendo misiles y la tensión sigue escalando? ¿Por qué falló el alto al fuego, tan solo unas horas después de haberlo pactado? Y es que, si antes de que suene el primer disparo no está claro cómo se va a gestionar el después, entonces no hay estrategia, hay improvisación.
Cualquiera de las acciones efectuadas por Donald Trump en medio de todo este escenario requería y exigía una base institucional sólida. La Cámara de Representantes y el Senado de Estados Unidos no son un trámite, son un contrapeso. Para eso fueron creados. Ahí reside el verdadero poder y significado de tener un sistema de “checks and balances”. La pregunta sobre la autorización del uso de la fuerza no es menor, es central. Y detrás de ella aparece la pregunta más importante de todas: ¿cuál es el verdadero objetivo, la guerra o la paz?
Las guerras empiezan a perderse cuando terminan de ganarse. Ahí es donde surgen los verdaderos problemas. La historia lo demuestra una y otra vez. La improvisación en la posguerra, la falta de planificación y la incapacidad de controlar las consecuencias convierten cualquier victoria en un riesgo mayor.
El impacto económico es inmediato y global. Cada conflicto en una región estratégica –en este caso con el tan mencionado estrecho de Ormuz– se traduce en energía más cara, en presión inflacionaria y en inestabilidad. Cada barco que transporta gas o petróleo se convierte en un factor de reconstrucción para unos y de costo para otros. Nadie queda al margen. Por eso, la pregunta sobre quién gana y quién pierde rara vez tiene una respuesta clara.
Irán no aparece claramente entre los vencidos, pero tampoco entre los vencedores. Aunque lo que sí es muy importante tener en cuenta es el enriquecimiento económico que están obteniendo de toda esta situación. Cada barco que busca pasar por el estrecho de Ormuz se ha convertido en ganancia para los iraníes.
Estados Unidos tampoco puede proclamarse ganador en un escenario de inestabilidad prolongada. Trump ha pasado de ser quien prometió acabar con todas las guerras del mundo y ser un símbolo de paz, a un personaje que en realidad es sinónimo de inestabilidad. Mientras tanto, el resto del mundo –en mayor o menor medida– está pagando las consecuencias.
Estamos pagando en forma de combustible más caro, de presión inflacionaria y de incertidumbre. Pagamos las consecuencias en la erosión del orden internacional. Las instituciones que deberían contener estas dinámicas muestran límites evidentes y demuestran su poca capacidad para fungir como mediadores o instrumentos diplomáticos. Sencillamente, se ha demostrado que no existe una arquitectura global capaz de responder con eficacia a conflictos de esta naturaleza.
El mundo, más que actor, se ha convertido en víctima. Víctima de decisiones que no controla, de estrategias incompletas y de conflictos que llevan demasiado tiempo gestándose y que ahora parecen desbordarse.
La guerra sigue siendo distinta a cualquier otra forma de confrontación. No solo por su capacidad de destrucción, sino por lo que revela. Improvisación, falta de claridad y ausencia de un sentido estratégico definido. En medio de semanas trágicas llenas de incertidumbre y en las que todo cambia de un momento a otro, el verdadero problema no es saber cómo empiezan las guerras, sino que nadie parece tener claro cómo terminarán.
