Hace una semana, por primera vez, crucé el charco. Entre América Latina y Europa hay 7,900 kilómetros de océano. Cambia el idioma, cambia el clima, cambia hasta la forma de nombrar las cosas. Somos dos continentes que aparentemente no se “parecen en nada”, y sin embargo compartimos el mismo agresor: un algoritmo patriarcal. Eso no es coincidencia: es que la violencia digital es un problema extraterritorial.
Llegué a Madrid con una maleta repleta de datos, memorias, regalos y lucha. Sabiendo que no venía sola: venía acompañada de mis compañeras latinoamericanas y de una convicción que no se negocia: queremos estar seguras también en Internet.
Durante toda la semana nos reunimos con Ministerios del Gobierno de España, con activistas, con académicas y con la comunidad latina que vive en Europa. Construimos espacios de interlocución real, donde pusimos sobre la mesa lo que llevamos años documentando en nuestros territorios y nuestros códigos, lo que ahora vemos repetirse, con otro idioma pero el mismo patrón, en las calles y en las redes.
De estos encuentros no salimos solo con conclusiones: salimos con una red más grande. La Red Latinoamericana de Defensoras Digitales se expandió, y muy pronto sumará también a compañeras Defensoras Digitales por toda Europa. Sí, ya volvimos a salir y ahora cruzamos el océano. Estaremos en Europa también. Lo que empezó como una respuesta latinoamericana ya no cabe sólo aquí, porque el problema no solo necesita respuestas regionales.
Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2024 del Ministerio de Igualdad, más de un tercio de las jóvenes españolas de entre 18 y 24 años ha sufrido violencia digital.
Además, casos como el de Verónica Rubio, donde la empresa donde ella trabajaba no activó ningún protocolo ante la difusión de contenido íntimo sin su consentimiento en su lugar de trabajo, sin una regulación pertinente, la justicia archivó su denuncia y ella terminó quitándose la vida. ¿Cuántas vidas podríamos haber salvado si hubiera existido un protocolo de atención claro, inmediato y con perspectiva de género?
Por eso insistimos tanto en los protocolos de atención a víctimas. No basta con nombrar la violencia digital ni con aprobar leyes si las instituciones, las empresas y los propios entornos de las víctimas no saben qué hacer en el momento en que la violencia ocurre. Un protocolo bien diseñado es, muchas veces, la diferencia entre contener el daño y perderlo todo.
Y por supuesto, la responsabilidad de las empresas ante las agresiones que ocurren en los espacios digitales. No buscamos protocolos para saber cómo actuar si difunden contenido tuyo sin consentimiento, es que ni siquiera debería de ser posible difundirlo.
Con esa urgencia, de esta semana salimos con tres propuestas concretas para España:
- Un pacto entre naciones para enfrentar la violencia digital, que permita cooperación jurídica entre países, exigencia a las empresas de tecnología para acceder a evidencia digital y reconocimiento mutuo de la violencia digital como delito, sin importar dónde se cometa ni desde dónde se difunda.
- Una cartilla de derechos digitales, escrita en lenguaje claro, que explique a cualquier mujer, en cualquier país hispanohablante, qué puede exigir, dónde denunciar y qué protecciones existen frente a la violencia digital.
- Jornadas de educación sexual, porque gran parte de esta violencia se previene desde la raíz: hablando de consentimiento, de cuerpos, de placer y de límites, antes de que la violencia digital tenga oportunidad de aparecer.
Salgo de Madrid con la certeza de que esta jornada no termina aquí. Volveremos. Podrán separarnos 7,900 kilómetros de distancia, pero nos une la misma línea: usamos el mismo Internet, con el mismo algoritmo patriarcal. Y si el agresor logró globalizarse sin pedir permiso, nosotras también. Hackearlo también es tarea colectiva, y hoy, una vez más, decidimos hacerlo juntas.
