En marzo de 2026, el mundo parecía encaminarse a una nueva fase de tensiones geopolíticas en Medio Oriente. Un mes después, el escenario es distinto: una guerra regional en expansión, amenazas abiertas de escalada militar y un punto crítico en el suministro energético global han tambaleado la economía internacional, y claro a México.
El detonante fue la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero, que incluyó la muerte del líder supremo, Ali Jamenei.
Lejos de contener el conflicto, el ataque provocó una respuesta inmediata de Teherán y transformó el episodio en una guerra de mayor alcance, con impactos directos en rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial.
Desde entonces, la escalada ha sido constante. El 6 de abril, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó un ultimátum a Irán para reabrir el paso marítimo, con plazo límite este martes a las 20:00 horas del este de Estados Unidos (18:00 horas tiempo del centro de México). De no cumplirse, advirtió que su país podría atacar infraestructura estratégica.
“Todo el país puede ser aniquilado en una sola noche, y esa noche podría ser mañana”, declaró, elevando el riesgo de una confrontación directa de mayor escala.
Pero este momento de incertidumbre económica tiene una historia y aquí, en Nación321 te la contamos:
ORMUZ: EL CUELLO DE BOTELLA DEL PETRÓLEO MUNDIAL
El cierre —total o parcial— del Estrecho de Ormuz ha sido el punto de inflexión. La región no solo concentra una parte crucial del suministro de crudo, sino que también articula rutas comerciales clave para el transporte energético global.
De acuerdo con el análisis del director editorial de El Financiero, Enrique Quintana, en su columna Coordenadas, el problema ya no es únicamente el precio del petróleo, sino la disrupción integral del sistema energético:
“El problema no es solo el precio del barril: es la alteración de toda la logística energética y comercial de la región”.
Los ataques a infraestructura, buques y rutas marítimas han encarecido los fletes, los seguros y los tiempos de traslado. Incluso sin un colapso total del suministro, el impacto ya se refleja en toda la cadena: gasolinas, diésel, fertilizantes y petroquímicos.
DE UNA GUERRA CORTA A UN CONFLICTO PROLONGADO
La ofensiva lanzada a finales de febrero por Estados Unidos e Israel contra Irán, que derivó en la muerte del líder supremo Ali Jamenei, fue planteada inicialmente como una operación de corto alcance. Sin embargo, la reacción iraní —con ataques a bases estadounidenses, ofensivas contra Israel y acciones en países del Golfo— transformó rápidamente el escenario en un conflicto regional.
Lejos de contenerse, la confrontación escaló en las semanas siguientes, con impactos directos en rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz y un aumento en la presencia militar en la zona. Para inicios de abril, el presidente Donald Trump endureció su postura y lanzó un ultimátum a Irán, advirtiendo posibles ataques a infraestructura clave si no se reabre el paso marítimo.
La falta de acuerdos y la continuidad de las hostilidades han reducido las expectativas de una salida rápida, mientras el conflicto entra en una fase más prolongada, con efectos que ya rebasan el ámbito militar y comienzan a impactar de lleno en la economía global.
De hecho, el impacto ya se refleja en los mercados. Desde el inicio del conflicto, el precio del petróleo superó rápidamente los 100 dólares por barril, e incluso llegó a rozar los 120 dólares, con un incremento acumulado cercano al 63% durante marzo, uno de los mayores saltos en décadas.
A nada de que venza el ultimátum de Donald Trump, el crudo Brent se mantiene en niveles elevados, alrededor de 109 dólares por barril, en medio de una alta volatilidad marcada por expectativas de escalada o tregua.
Este encarecimiento ya se trasladó a los combustibles. En Estados Unidos, la gasolina promedia más de 4 dólares por galón, mientras que en México el gobierno ha tenido que intervenir para contener el impacto, con subsidios millonarios y acuerdos.
MÉXICO: ENTRE EL BENEFICIO PETROLERO Y EL GOLPE INFLACIONARIO
Aunque México no participa directamente en el conflicto, sus efectos ya se sienten. La presidenta Claudia Sheinbaum informó que el país está gastando alrededor de 280 millones de dólares semanales para contener el precio de las gasolinas, ante el alza internacional derivada de la guerra.
El gobierno ha recurrido a subsidios y a la reducción de impuestos para evitar que el litro de gasolina supere los 24 pesos, pese a que el precio de mercado sería considerablemente mayor. Sin embargo, el impacto es desigual: algunas estaciones no respetan el acuerdo y venden el combustible por encima del tope.
El encarecimiento energético tiene una doble cara para el país. Por un lado, México obtiene ingresos adicionales por exportaciones petroleras, estimados en unos 180 millones de dólares semanales. Pero, por otro, enfrenta una vulnerabilidad estructural: importa más de la mitad de las gasolinas que consume.
En ese sentido, el balance es negativo. Como sintetiza Enrique Quintana:
“Podríamos recibir una ganancia transitoria por el lado petrolero, pero perder más por el lado de costos, inflación, incertidumbre y menor crecimiento externo”.
LA FACTURA QUE YA COMENZÓ A LLEGAR
Más allá de los precios del crudo, el impacto se extiende a toda la economía. El aumento en costos logísticos, la presión sobre las cadenas de suministro y la incertidumbre global comienzan a reflejarse en variables clave como la inflación y el tipo de cambio.
Los análisis económicos advierten que la crisis no necesariamente se manifestará como un colapso inmediato, sino como un fenómeno más complejo.
A unas horas de que venza el ultimátum planteado por Trump, el rumbo del conflicto sigue siendo incierto. Las opciones van desde una desescalada parcial hasta una interrupción severa del suministro energético mundial.
Lo que sí podría ser claro es que el mundo ya entró en una fase de alta volatilidad, donde el equilibrio energético depende no sólo de decisiones económicas, sino de cálculos militares.
Y en ese tablero, México —aunque lejos del frente— ya comienza a pagar el costo.




