Al medio día de este 5 de enero, el depuesto presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se declaró como “no culpable” ante un tribunal de Nueva York y frente al juez federal Alvin K. Hellerstein.
Pero eso no fue todo, en un hecho histórico, Maduro se definió a sí mismo como un “prisionero de guerra”.
“Soy presidente de la República Bolivariana de Venezuela, secuestrado por Estados Unidos y soy prisionero de guerra”, lanzó.
Maduro, acusado de cargos relacionados con narcotráfico y tráfico de armas, ingresó esposado de los tobillos, con las manos en la espalda, pero sin esposas en las muñecas.
Junto a él estuvo su esposa, Cilia Flores, también detenida el pasado fin de semana en medio de una intervención armada en Venezuela.
La pareja se sentó en la misma mesa y ella aseguró “soy la Primera Dama de la República de Venezuela”.
Flores es acusada, entre otras cosas, de aceptar en 2007 “cientos de miles de dólares en sobornos para intermediar una reunión entre un narcotraficante a gran escala y el director de la Oficina Nacional Antidrogas de Venezuela”.
De acuerdo con el periodista Arturo Ángel, que estuvo en la audiencia, lo vivido “no se pareció a nada de lo que haya visto antes”, pues “Maduro entró viendo a todos de frente. No como los narcos mexicanos que ingresan cabizbajos. Tres veces deseó feliz año nuevo los presentes.




